SARNATH: ¿COSMOVISIÓN ANDINA AL OTRO LADO DEL PLANETA?

El autor, en la entrada al sitio sagrado de Sarnath. Al fondo, la estatua de pie de Buda

Su sólo nombre ya era para mí un imán antes de viajar a la India. No sé, sigo pensando que su cacofonía tiene reminiscencias que me recuerdan a los parajes mitológicos de “El Tony” y “Fantasía”, aquellas revistas de historietas (perdón, “comics”) de mi infancia y adolescencia. Sarnath, nombre perfecto para una ciudadela que viera pasar el rostro sombrío de Nippur de Lasgash, Dago o Gilgamesh, el Inmortal. Acudo aquí a la nostálgica memoria de compatriotas que seguramente peinarán canas (de haberlas conservado) y a la generosa displicencia de lectores no argentinos o “sub 50” que tendrán que googlear esos nombres para saber de qué va la cosa.

Pero tengo más de cincuenta, y peino canas (bah, allí donde queda algo) así que llegué al lugar hechizado por el nombre. Y no me defraudó.

Crónica breve e inevitablemente insìpida. Sarnath es el lugar donde el Buda icónico (Siddharta Gautama) predicó a cinco primeros discípulos. Surge allí el camino del Dharma budista y la primera Shanga. Durante varios meses, Siddharta –otra reminiscencia adolescente; desde la brumosa adolescencia aquellas lecturas de Herman Hesse aún

El árbol brotado de un gajo de aquél bajo el cuál recibiera la Iluminaciòn

influyen haciendo que así prefiera llamarlo, aunque ése fuera otro “Siddharta”- vivió allí, completando la reflexiòn del Conocimiento recibido en su Iluminaciòn bajo un árbol de ficus en Gaya, desde donde peregrinó hasta esta regiòn del estado de Uthar-Pradesh. Como escribí, allí reunió a sus cinco primeros discípulos por lo que, de hecho, Sarnath es la verdadera cuna del Budismo mundial, siendo hoy un sitio de especial significancia y peregrinación, especialmente de monjes budistas tibetanos. Para quien decida acercarse, un dato que puede parecer menor pero sé algunos lectores apreciarán: en sus calles es posible encontrar los mejores cuencos tibetanos, aquellos legendarios de siete metales, en muchos casos de decenas de años o más de un siglo de antigüedad, obviamente hechos a mano y de sonido inimitable. Lo cuento porque pude comprar uno, y el secreto es sencillo. Como dije, muchos monjes tibetanos llegan en peregrinación. Dado su modo frugal de vida, sus posesiones (y recursos financieros) son mínimos, por lo que es común que suelan vender sus objetos personales para reunir algunas rupias más para el viaje de regreso. Entre esas

Un loto

cosas, sus propios cuencos, que suelen traer desde sus monasterios en Nepal, Tibet o Birmania. Cuencos que, a su vez, recibieron de sucesivas generaciones de monjes previos. Entonces los avispados comerciantes locales simplemente los obtienen casi sin regatear y obtienen pingües ganancias en su reventa, aunque el precio que suele pagar el visitante es francamente ridículo. Así se hace uno con uno de esos cuencos, observando en su superficie repujada a golpes, en las estrías oscuras de su superficie, en los reflejos tornasolados de la mezcla de metales, el derrotero de distancias y de años que ha recorrido, preguntándose uno qué historias habrá contemplado…

Llegando al monasterio y la stupa

Unos doscientos años después de la muerte de Siddharta (de “dormirse en el Nirvana”, al decir budista), y digo “unos” porque aún se discute la fecha en que vivió el mismo (aunque las enciclopedias suelen ubicarlo allá por el siglo V A.C, se ha descubierto un monasterio en Nepal que es de ese siglo, monasterio budista obvio, con lo cual, necesariamente, la fecha de su líder espiritual hay que retraerla cuando menos un siglo o dos antes), un rey indio, Asoka, se convierte a esta filosofía y propicia la creación de monasterios y “stupas”. La “stupa” es una construcciòn en forma de campana, de tamaño variable y que indica lugares de significado espiritual (me resisto a escribir “religioso”, habida cuenta que el Budismo no es una religión). En su interior –algunas- tienen “reliquias” de Siddharta (se dice que unas pocas, como la de Sarnath, partes de sus túnicas o elementos personales.). En todas las demás, reproducciones del Buda sentado en posición de loto. Y de hecho en esta, la más grande de toda la India con sus treinta metros de altura, también hay –dicen los arqueólogos; no es accesible al visitante- una imagen del mismo en su interior. De hecho, los entusiastas de los antiguos astronautas presuntamente extraterrestres han arriesgado la teoría que esas “campanas” con un sujeto sentado en su interior se parecería mucho a un OVNI. Hipótesis arriesgada porque, después de todo, es la “proyecciòn” de la imagen cultural propia de nuestra época –una “nave espacial”- para interpretar un ícono metafísico de más de dos mil años de antigüedad. Pero quién es uno para afirmar lo contrario…

La stupa

Bien, el tema es que Asoka se entusiasmó tanto con el incipiente Budismo que, como decía, mandó construir una stupa aquí, un monasterio allá. Y en algunos lugares –como éste- todo junto, stupa y monasterio. Y no conforme, que la stupa fuera realmente monumental. Durante por lo menos un millar de años existiò este monasterio y Sarnath se constituyó en un lugar de peregrinación creciente. Incidentalmente, se afirma que así como en el lugar donde predicó Asoka hizo trasplantar un gajo del árbol debajo del cual recibiera la iluminación (el árbol, descendiente de aquél ancestral, aún existe, y me gratificaron obsequiándome una hoja caída del mismo, que conservo con afecto) , Siddharta se desplazaba algo como un kilómetro para descansar y comer frugalmente. El rincòn que habría llamado su “hogar”, allí donde se levantaría la stupa.

Los tiempos pasaron, los reyes también y en 1794 un rajá sikh –nada budista, evidentemente- desmanteló buena parte del monasterio para sus propias edificaciones. Lo que quedó es la totalidad de la construcciòn original pero hasta unos sesenta centímetros de altura. Empero, la perspectiva sigue siendo impresionante.

Los pilares con las instrucciones del rey Asoka

Allá donde predicara, a pocos metros, hace unos pocos años se levantó lo que es la estatua de Buda de pie de mayor altura en el mundo: treinta y tres metros, en medio de un jardín paradisíaco con fuentes de agua rebosantes de lotos. La estatua es copia fiel de la original que los talibanes dinamitaran en Afganistán en su furia demencial.

Allí están todavía los tres pilares donde Asoka, hace dos mil quinientos años, ordenó grabar en sánscrito original las instrucciones que dieron origen al templo. Allí se distinguen las habitaciones de los monjes, los patios para los devotos, los depósitos de suministros, los templetes secundarios….

Y allí están, también, los pilares devocionales. ¿Qué son éstos?. Columnatas de no más de un metro veinte de altura, sobre cuya parte superior se encuentran grabadas figuras que tuvieron en su momento valor simbólico, religioso, propiciatorio. Es interesante destacar que si bien fueron parte del monasterio y contemporáneas a su edificación, no forman parte de la liturgia budista, ya que su funciòn era llenarse las mismas –están grabadas en bajorrelieve, con unos tres centímetros de profundidad- de manteca y aceite y encenderlas con fuego en las noches para que “pudieran ser divisada por los dioses”. Con gran inteligencia, los monjes permitían que el pueblo también pudiera realizar allí ceremonias de sus propias creencias religiosas a la par de acercarse al conocimiento budista.

Los pilares devocionales

Así que me encontraba en una tarde maravillosa –maravillosa por el clima, maravillosa porque Sarnath, el pueblo, parece estar fuera de las fronteras de la India por su limpieza y orden, maravillosa, en definitiva, por estar donde quería estar- anotando, fotografiando, observando, cuando una figura, en uno de estos pilares, me galvanizó.

Era una Chakana.

Si ustedes están leyendo esta nota, supongo que es innecesario explicar lo que es una chakana. Pero, por las dudas, para definirla pobremente diremos que es la representación, en la cosmovisión andina, de los tres planos del Mundo Por Arriba y los tres planos del Mundo Por Debajo. Del “Cielo” y del “inframundo”, aunque estos términos tienen una connotación judeocristiana fuera de lugar pero sirvan de referencia. En fin, que la cosa no es aquí hace un análisis semiótico del símbolo sino plantear una pregunta sin respuesta: ¿Qué diablos hacía allí?.

La Chakana

Cuando salía del sitio arqueológico me acerqué a los empleados del lugar, inevitablemente sonrientes y explícitamente amables como todo indio, consultándoles sobre su significado. Fueron quienes me dieron la explicación sobre su uso que ya les anticipé, aunque no tenían la menor idea de qué era una Chakana y –mucho menos- el porqué de su presencia allí.

Especulemos.

Los estudiosos indios reclaman para su civilización un origen –presumiblemente dravídico y en el sur del país- alrededor del 8.000 A.C. Por otro lado, los estudiosos prudentemente académicos de todo el mundo fijan para las culturas andinas, en el mejor de los casos, una organización social circa el 4.000 A.C, con el surgimiento de Caral, sobre el que ya he hablado, a unos doscientos kilómetros de Lima. No sabemos cuándo aparece la Chakana en la India (de hecho, no he encontrado registro que esté presente en algún otro lugar de ese país) pero si se tratara de una “competencia de edades”, la historias “oficial” de la India, al ser  anterior a la americana, sería el punto de apoyo de quienes en estos días, cuando compartí esta “observación” (no me atrevería a llamarla “descubrimiento”) sostenían que esto demostraba que cierto Conocimiento viajó de la India a América. Ciertos estudios míos sobre la práctica de “asanas”, evidencias de un “yoga americano”, hallazgo de estatuillas con fuertes rasgos asiáticos ya habían apuntado en esa direcciòn. Así, el símbolo de la Chakana podría haber nacido en la India y emigrado a América.

Pero…

El Buda de pie, el más alto del mundo y réplica de la que los talibanes destruyeran en Afganistán

Si así hubiera sido, ¿no sería lógico que dicha Chakana hubiera aparecido en muchos otros lugares de la India también si es que ese territorio era, después de todo, su cuna?. ¿Qué pasa si la cosa hubiera sido al revés, es decir, de América emigrado a la India?. ¿No explicaría ello la presencia meramente circunstancial de una Chakana en el subcontinente oriental?. Y ello sin acudir al argumento de la posibilidad de culturas andinas muy anteriores a Caral. Soy de los que piensan que Posnansky, con sus 17.000 años asignados a Tiwanaku, no estaba quizás tan errado…

Sin embargo, otra es la hipótesis que me agrada. Pensando, precisamente, en la “casi” simultaneidad de la “explosiòn cultural” en todo ese mundo arcaico. La discusión si la civilización india tiene 10.000 años y la americana 8.000 (y la egipcia, y la china, y…) es bizantina. En las brumas de esos tiempos y en el desplazamiento permanente de las “líneas de tiempo” a tenor de sucesivos descubrimientos, tengo la percepción de una casi simultaneidad. Y es cuando pienso, entonces, en Sabiduría descendiendo a los planos mundanos, precisamente, de manera simultánea. Conocimiento quizás canalizado por antiguos Avatares, o adquisición kármica de una Humanidad que mereciò estar en ese punto de salto cuántico, manifestada, codificada en símbolos. La Chakana es uno de ellos.

Tantas preguntas, una más sin respuesta. O quizás sí alguien la tuviera. Cuando me alejaba del lugar, intuí las figuras de Nippur, Dago y Gilgamesh desandando el camino hacia el Sol poniente, al parecer enfrascados en amena charla. Hasta llegó a mí el eco de alguna risotada, inesperada en personaes de historial tan duro. Ajustando mi quizás centenario cuenco tibetano en mi morral, apuré el paso.

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INTRODUCCIÓN A LA SABIDURÍA ANTIGUA O el error de enfoque de las religiones contemporáneas.

     “Yo sugiero que las experiencias indescriptibles de estos místicos sean tomadas como la mejor evidencia que tenemos de la verdad central del monoteísmo: que hay una realidad detrás y más allá de todas las cosas, a la cual está misteriosamente conectado el ser humano. Pero los libros sagrados y revelados, las teologías contenciosas, las leyes, el clero, y las imágenes aptas de Dios me parecen evidencia positiva de la verdad central del politeísmo: que hay muchos seres superiores a nosotros en el universo, algunos de los cuales entran en relación con la humanidad. Dioses o diosas, ángeles y demonios, espíritus, egrégores, o extraterrestres, clasifíquenlos como ustedes quieran. El asunto es probablemente muy complejo y más allá de nuestras categorías de pensamiento. Pero son estos seres, sospecho, los responsables de haberle dado a la humanidad sus religiones y del mutuo intercambio de energía que las mantiene vivas.”

 JOSCELYN GODWIN en “Anales del Colegio Invisible”

 

    Tal vez el error conceptual implícito en el subtítulo es dar por sentado que esa debería ser la función de las religiones en lugar de, como se señalan a sí mismas, caminos para conocer —si existe— el Plan divino. Empero, es nuestro convencimiento que más allá de su acción terrenal —y en este punto queremos divorciar el término “religión” del término “Iglesia”, esta última en el sentido de institución temporal obviamente creada por hombres— llega a comprender el objeto de la vida; lo cual desarrolla en el hombre una confianza indiscutible en la justicia divina, le proporciona calma mental y emocional, liberándole de toda idea de abandono y desaliento, así como de todo temor y preocupación sobre el más allá. Tal estudio le hace ver la oportunidad de cooperar inteligente y voluntariamente en el Plan Divino y en la rápida consecusión del objetivo de toda vida humana. Sin embargo, la gran utilidad está en que induce a los individuos a mejorarse a sí mismos. Esto en cuanto al individuo. En cuanto a la humanidad en general, puede afirmarse que ningún otro sistema de pensamiento se ha difundido tanto ni tan rápidamente entre pueblos de diferente religión y de variable idiosincrasia.

    Las enseñanzas en forma moderna de la Sabiduría Antigua vinieron a Occidente a fines del siglo XIX en un momento en que las antiguas verdades habían sido olvidadas y habrían de ser proclamadas de nuevo. El materialismo se extendía rápidamente entre las naciones civilizadas; la ciencia, en su rápido progreso, se inclinaba igualmente hacia el materialismo; tanto era así que el agnosticismo se estaba haciendo la característica distintiva de los hombres de ciencia, quienes llegaron a creer que, aparte de los sentidos y el intelecto, el hombre carecía de otros instrumentos para adquirir conocimientos y experiencia.

    Aun el Oriente, que ha sido el manantial de donde nos ha venido la Sabiduría, iba a ser arrollado por la ola de materialismo que amenazaba arrasar al mundo.

     La Sabiduría Antigua no trata de revelar ninguna nueva religión, sino de proclamar la fuente común de todas las religiones a fin de que el hombre, por el conocimiento de que todas las religiones son ramas de un mismo árbol y de que, en el fondo, todas enseñan lo mismo, pueda entender y obtener inspiración del significado interno y oculto de su propio credo. El estudio comparado de las religiones pone de manifiesto que el origen y esencia de todas ellas son los mismos y que, fundamentalmente, son Una; enseñan las mismas verdades e inculcan los mismos ideales de conducta y normas de vida.

    La inmanencia de Dios es la base de toda religión; las diversas religiones son otros tantos métodos por los cuales el hombre busca a Dios y precisamente en esto mismo está el justificativo de su variedad. Hay entre los humanos mentalidades muy diversas y las religiones fueron ideadas para ayudar a diferentes razas y diversos temperamentos.

    Por otra parte, los hombres se encuentran en diferentes grados de evolución; lo que es bueno y útil para un grado, no es adecuado para otro grado. Por ejemplo, un pueblo salvaje o poco civilizado, cuyos placeres se reducen a comer, beber y cazar para obtener su sustento, necesita una religión de carácter sencillo. Un pueblo más civilizado —deberíamos decir, más complejo— necesita una religión más elaborada. Así, a medida que la humanidad avanza en su evolución, desarrolla su inteligencia y es capaz de comprender mejor la verdad.

    Esto se advierte aún más claramente dentro de una misma religión, con sus diferentes niveles de complejidad ideológica adaptados a las variopintas idiosincrasias de sus feligreses. Tomemos el ejemplo de la Iglesia Católica: existe sin duda un abismo de distancia entre la teología meditada por un jesuita y la liturgia practicada por un carismático; ambos, sin embargo, son prohijados por la misma institución, pero los jerarcas de la misma saben que la masa, generalmente ignara y deseosa de mediaciones lo más directas y sencillas posibles con Lo divino en vías de satisfacer —algunos de manera confesa, otros, disimulándolo con cierta vergüenza— sus necesidades cotidianas, es incapaz —no sólo intelectualmente sino muy especialmente desde la disposición de la voluntad— de perderse en elucubraciones metafísicas. Esa masa necesita el “reality show” de las pseudoposesiones, de las menos aún creíbles manifestaciones del hipotético Espíritu Santo de un movimiento carismático que es simplemente la respuesta política de esa Iglesia al avance del Evangelismo en el mundo latinoamericano, pues usa exactamente sus mismos tics, sus mismos códigos y lenguajes, abusa de la misma parafernalia fenoménica y está igualmente vacío de verdadero contenido espiritual. El católico “de base” es apenas un animista troglodita culturalizado: necesitado de fetiches, promesas redentoras, milagros “pour la galerie”… introduce su mano en la pila de agua bendita para luego hacerse la señal de la cruz, supuestamente con la razón de humedecerse los dedos esa “agua energetizada” pero en una pila que generalmente está vacía —graciosa acotación al margen: en muchas Iglesias del Tercer Mundo la disposición ecleciástica emanada de orden superior en el sentido de dejar esas pilas vacías se debe a la presunción de que dicha agua es retirada por ciertas personas para emplearlas en ritos “non sanctos”— sin advertir lo absurdo de tal gesto mecánico; o necesita imágenes, muchas imágenes, a las que toca, besa y les habla como si el santo estuviera ahí. ¿Qué sería de la Iglesia Católica sin sus santos, sus oropeles, sus fastos, su pomposa exhibición de objetos sagrados de dudosa verosimilitud, cuando se trata de una Iglesia donde la gran mayoría de sus honestos devotos carecen de la profundidad en el conocimiento esotérico de los basamentos de su religión?.

    La aparente diferencia entre las religiones se debe a las características raciales y nacionales y al diverso desarrollo intelectual de los individuos. Tales diferencias resultan más aparentes a causa de las adiciones de ritos y ceremoniales, y a la diversidad de interpretaciones de las verdades básicas, proclamadas por los respectivos fundadores.

     Por otra parte, aunque la verdad jamás podrá expresarse en su plenitud, es susceptible de ser presentada en infinidad de aspectos diferentes. El hombre está descubriendo que la verdad es infinita, mientras que los credos son finitos; que así como es imposible reducir lo ilimitable a un mapa geográfico, es en vano tratar de comprimir la plenitud de la verdad en una profesión de fe, por amplia y elástica que ella sea. Pero cada religión tiene su propio grado de perfección, o tónica; su mensaje especial para la humanidad; de ahí que sea necesario el estudio de todas las religiones para conocer los diversos aspectos de la Verdad.

     Gracias a este estudio, uno alcanza la comprensión y no hace oposición a ningún credo religioso; le es más fácil llegar a una realización de la fraternidad entre los hombres; fraternidad que es un hecho natural, puesto que todos somos hijos del mismo Padre.

     Todas las religiones se han desarrolldo en torno a algún Gran Instructor, que les ha dado su nombre. Tales fueron Cristo, Buda, Zoroastro, Mahoma, etc. El instructor aparece cuando una porción de la humanidad está preparada para recibir una nueva enseñanza; funda una nueva religión que encierra las mismas enseñanzas, pero adaptadas, en su nueva forma de presentación, a las condiciones de la época, al grado de intelectualidad del pueblo al que está destinada, a su tipo, a sus necesidades, a su capacidad. Como tienen el mismo origen, los principios esenciales de todas las religiones son los mismos, aunque en lo no esencial varíen.

    Las religiones son como recipientes de agua; el agua toma la forma del recipiente pero retiene su cualidad de apagar la sed. De manera similar, la vida espiritual se vierte en las religiones y toma la “forma” de cada una, de acuerdo con las necesidades de la época, pero conserva la misma vida espiritual y su cualidad de apagar la sed del espíritu por el conocimiento de Dios.

    Empero, de lo anterior se infiere una advertencia: si cada religión conformada de acuerdo a las necesidades del momento histórico en que aparece no entiende la mutabilidad del sistema (los tiempos cambian y la gente con ellos) y tiende a encerrarse en una rigidez ortodoxa, tanto en sus enseñanzas fácticas como en sus fórmulas y modismos, o bien se condena a desaparecer o bien se ve conculcada a, en función del poder político, económico o militar adquirido durante su existencia, encerrarse en actitudes autoritarias para conservar el control ideológico de las masas. Por consiguiente, sólo una religión —o practicantes de la misma— capaces de seguir los tiempos son espiritualmente evolutivos y favorables. Los otros, aunque se encierren en una tibia defensa de la tradición cometen el grueso error del fanatismo y el miedo a los cambios, pues de todas formas la Tradición —así, con mayúscula, pues hablamos de la verdadera— subsistirá en sus enseñanzas fundamentales, en el significado críptico de sus símbolos, en el conocimiento hermético reservado sólo a unos pocos, aquellos que ameriten su accesibilidad.

      Así como la luz blanca incluye en sí misma todos los colores, así también las diferentes religiones son como los variados colores que al unirse se refunden en el rayo blanco único de la Verdad. De la misma manera que el agua contenida en vasos de diferentes colores aparece también diferentemente coloreada, la misma verdad aparece diferente debido a la diversa presentación hecha por las diferentes religiones, que la expresan de forma distinta, de acuerdo con las necesidades y capacidades de los individuos para quienes se divulga.

    Cada nueva religión marca un paso adelante en la civilización; cada una tiene alguna característica que la hace útil para la humanidad y presenta algún aspecto que no hicieron resaltar las que la precedieron. La humanidad ha aprendido muchas lecciones y ha desarrollado diversas cualidades, presentadas por religiones especiales cuyo objeto ha sido dar énfasis a determinadas enseñanzas a fin de incorporarlas a la civilización. A medida que la humanidad desarrolla las cualidades propias de cada civilización y aprende las lecciones dadas por los Instructores del Mundo en forma de religiones, va avanzando gradualmente cada vez más, enriquecida con más altas cualidades. Así, aunque todas las grandes verdades son el patrimonio de todas las religiones, en cada una de estas predomina alguna verdad que es, por así decirlo, su idea central, su tónica, que le da su color particular y hace que se desenvuelva dentro de sus características peculiares.

    Toda religión responde a una idea básica. Cada religión está dominada por un espíritu peculiar a sí misma. Cada una tiene su tónica; se distingue por una cualidad dominante o parece haber escogido una virtud o verdad en la cual poner especial énfasis. Sin embargo al vibrar juntas todas estas notas, no producen un sonido inarmónico o monótono, sino un espléndido acorde.

    Según el doctor Miller, fundador del Instituto Cristiano de Madrás (India), la contribución de la religión hinduísta a la gran religión universal, es la doctrina de la Inmanencia de Dios y de la Solidaridad del Hombre. Admitido que la Vida Universal anima a toda la humanidad, la fraternidad del hombre no es más que el aspecto terreno de una gran realidad espiritual. De esta unidad de la humanidad, así reconocida, emana el Deber, el deber social; el sentido del deber entre los miembros de una comunidad, el deber del hombre para con el hombre.

    Las enseñanzas de uno de los Instructores del Mundo, el caldeo Tehuti, luego adoptado por los egipcios como Toth, o Hermes según los griegos, que caracterizó a la civilización de Egipto, fueron las de las Ciencias, el estudio del hombre y de los mundos que le rodean, y debido a su enseñanza fue Luz, la tónica de la fe de Egipto es Conocimiento Científico; así nos ha llegado a través de las edades la llamada “Sabiduría de los Egipcios”. El mismo nombre de la Química se deriva de la palabra “Chem” o “Khem”, el primitivo nombre de Egipto, la tierra de la ciencia del pasado. Por tanto, la contribución de Egipto a la evolución del mundo está en la utilidad de la ciencia y del conocimiento del mundo físico; es decir en la doctrina de la Ley, porque la Ley es el símbolo el conocimiento, de la misma manera que el Deber es el florecimiento de la Verdad.

    La base de la civilización que Zoroastro (Instructor del Mundo también) sentó en Persia fue la Pureza. Pureza de pensamiento, pureza de palabra y pureza de obra. Predicó la doctrina del fuego y dio al Fuego como símbolo de Dios, porque el fuego es el gran purificador.

    En Grecia, el Gran Maestro Orfeo dio la tónica de Belleza, que es la característica de la religión y de la civilización griegas. Grecia inculcó la belleza en las vidas de su pueblo; belleza que se manifiesta en su literatura maravillosa, en su arquitectura exquisita, en sus estatuas para la contemplación de las masas de su pueblo.

    Así como Grecia expresó la Belleza en su arte, Roma expresó la belleza de su Ley —el deber del ciudadano para con su comunidad— pues sin Ley no puede existir Belleza. Roma dio poca importancia al individuo; el Estado fue el ideal romano, pues que no puede existir libertad para una nación sin la omnipotencia de la ley.

    La idea central de la gran religión fundada por el Buddha Sidharta Gautama en la India, fue la del Conocimiento; el recto conocimiento de la Sabiduría, de la comprensión y de la obediencia a la ley: aprender la manera de vivir y tratar de comprender todas las cosas.

    La nota dominante de la religión hebrea es Rectitud. El señor justiciero ama la Rectitud.

    En el Cristianismo, el Credo sobre el cual se ha desarrollado la civilización de la cristiandad tiene dos notas dominantes, la una complemento natural de la otra. La primera es el individualismo. Las civilizaciones de las naciones más antiguas se desarrollaron sobre la familia como unidad básica en vez del individuo. El cristianismo dio la tónica individualista y para que el individuo pudiera desarrollarse más libremente, fueron abandonadas ciertas enseñanzas de la Iglesia primitiva, como la doctrina de la reencarnación. Era necesario desarrollar al individuo, por lo que se le inculcó la idea de una sola vida, lo cual hizo que desarrollara una actividad que no hubiera desarrollado sabiendo que tenía muchas vidas por delante y detrás.

    Tenemos aquí entonces un elemento distinguible del Cristianismo Esotérico: acepta la reencarnación, pero exotéricamente la niega, no porque la alta jerarquía cristiana lo ignore (ese puede ser problema de los ministros y sacerdotes del llano, pero no de los altos popes eclesiásticos) sino porque primitivamente era funcional hacerlo de acuerdo al propósito Trascendente al cual todas las religiones se ven subordinadas —aunque algunas autoridades de las mismas se resientan—  que en este caso era potenciar la individualidad. Durante los últimos dos mil años el individualismo se ha desarrollado plenamente, al punto que predomina el yo, y el individuo está muy centrado en sí mismo. Quizás esto ha sido necesario, pues sin esta cualidad bien desarrollada no habría base para la cooperación futura. Con verdad se ha dicho que “no es posible sintetizar las debilidades”.

    A la dominante del individualismo, el Cristianismo añadió la idea (no tanto como precepto, sino por el exquisito ejemplo de su Fundador) de que una vez que se ha alcanzado el poder, es necesario emplearlo en el servicio; que una vez que se ha adquirido la fortaleza, ésta sólo es noble cuando se emplea en apoyo del débil; que el conocimiento, el poder y la fuerza son humanos, únicamente, cuando se ponen al servicio de la especie; que el más grande es quien sirve; y que la medida del poder es la medida del deber. Cristo dio la tónica del propio sacrificio, que con el tiempo será la nota dominante de las naciones cristianas. Así, pues, la primitiva Iglesia cristiana enlaza el amor a Dios con el amor al prójimo, como lo afirmara aquél Instructor, para que la especie humana pueda ascender otro escalón en la escalera de la verdad y del amor. Huxley, basándose en esta doctrina, supo escribir: “la ley de supervivencia de los más aptos es la ley de la evolución para el bruto; pero la ley del propio sacrificio es la ley de evolución para el hombre”. La doctrina del propio sacrificio no pudo ser comprendida ni aun por sus más fieles discípulos hasta que éstos desarrollaron su fuerza individual de la mente y la personalidad. Sólo a medida que se avanza en conocimiento viene el reconocimiento del deber y la aceptación del propio sacrificio; hasta que llega un momento en que el deber individual reemplaza a los derechos individuales.

    El musulmán, por su parte, nos habla de Resignación a la voluntad de Dios y declara que no hay más que un camino hacia Dios, que es la Resignación a la Divina Voluntad.

    Así, pues, analizando las religiones del mundo, uno encuentra que las ideas dominantes en cada una son como piezas de un gran mosaico, las cuales es necesario reunir para poder apreciar la belleza y grandeza del conjunto. Cada credo posee su propia nota musical, todas imprescindibles.

    Las diferentes religiones del mundo en conjunto son la presentación intelectual de una gran Verdad espiritual; así como los diferentes colores integran la gran luz blanca del Sol espiritual de la Verdad. En el Bhagavad Gîta se lee: “la humanidad viene a Mí por muchos caminos y cualquiera que sea el camino por el cual el hombre se acerque a Mí, en ese camino le doy la bienvenida, porque todos los caminos son Míos”. Palabras muy parecidas encontramos en el Nuevo Testamento de los cristianos.

    Esto es una gran verdad. Dios es el centro, las religiones están todas en la circunferencia y, así como todos los radios conducen al centro, así todas las religiones deberían conducir finalmente a Dios. Lo que corresponde hacer es que cada uno profundice y espiritualice su propia religión, mediante un estudio comparativo imparcial de todas las religiones; ayudado por las verdades más profundas y por las enseñanzas de la Sabiduría Antigua.

Definición

     La Sabiduría Antigua es la Sabiduría acumulada de las Edades, que nos ofrece una teoría de la vida y de la naturaleza que está fundada en el conocimiento de los Sabios del pasado, y en ella tienen su origen todos los conocimientos que la humanidad ha acumulado en el transcurso de los tiempos. En los albores del mundo, cuando la humanidad era muy diferente a como es ahora, se conocía una sola Religión —la Religión de la Sabiduría— y los instructores de los hombres eran como dioses: aquellos instructores, por su pureza, su conocimiento y su poder eran verdaderos reyes, no porque el pueblo los hubiese elegido sino por su naturaleza, emanada del universo.

    Entonces todo era parte de la religión, los sabios reyes enseñaban a sus súbditos mucho más de lo que hoy podemos aprender en escuelas y universidades, pues la humanidad actual ha olvidado mucho de la Sabiduría Antigua. Muchos hasta ponen en duda que tal Sabiduría haya existido jamás, no obstante que los arqueólogos y los exploradores, con sus descubrimientos, han puesto ante el mundo resto de antiguas civilizaciones que atestiguan la existencia de conocimientos que la civilización actual no posee todavía.

    En los tiempos modernos la Sabiduría Antigua está presentada bajo distintos nombres, tales como Sabiduría de las Edades, Religión de Sabiduría, Sabiduría Divina, pero que no es otra que la enseñada dada hace miles de años por los primeros instructores de la humanidad. Los hombres de vida más pura, los buscadores de la verdad más elevada, fueron reyes o emperadores como Janaka o Marco Aurelio, zapateros como Jacob Boehme, ingenieros como Swedenborg o filósofos como Emerson, Epicteto y Platón, todos ellos exponentes de la Sabiduría Antigua y favorecidos con iluminadoras percepciones de las profundas verdades que atañen a la vida humana. Lo mismo podemos decir de filósofos como Ammonio Saccas, el neoplatónico que en el siglo III de nuestra era fundó la Escuela Teosófica Ecléctica de Alejandría y que empleó por primera vez la palabra “Teosofía”, o Sabiduría divina, sin la cual el hombre es incapaz de resolver los problemas perennes de la vida y el Más Allá; los filósofos que mantienen que el mundo es una manifestación, no sólo del poder de Dios sino también de Su Sabiduría, de Su Amor y conocimiento, de manera que nos encontramos en todos los sentidos no sólo en presencia, sino también en el propio Ser de Dios. Somos parte de la existencia divina, cuya perfección en voluntad, amor y pensamiento escapa a toda definición. Ellos también, como estudiantes de la Sabiduría Antigua o divina, consideraron a este, nuestro mundo, como la escuela que Dios ha instituido para el hombre, en la cual Él mismo es el Instructor constante y siempre presente. Igualmente lo son los hinduístas fieles de Brahma Viddya, enseñada por los Upanishads, que incluye el Bhagavad Gîta y otros muchos libros sagrados, los yoguis que siguen a Patanjali, Shankaracharya y otros, los budistas que siguen la “doctrina del corazón”, los musulmanes y los Sufíes místicos. No hemos de olvidar tampoco, en el Nuevo Testamento cristiano, la promesa de Cristo de dar a los capaces de entenderlo enseñanza directa sobre cosas cuyo conocimiento hay que dar generalmente en parábolas. Es que la verdad es una; una la palabra y una la inspiración. Por más que surjan muchos errores en el camino del progreso, del conocimiento o iluminación, el mensaje de los grandes sabios continúa esencialmente siendo el mismo, sea cual haya sido su religión y el ropaje con que lo presentaron. Las diferencias no son más que aparentes y debidas a las limitaciones que la ignorancia pone a las interpretaciones. Pero tal ignorancia ha de desaparecer y entonces brillará la verdad en la plenitud de sus aspectos y facetas.

    Nada hay en el mundo que el hombre no pueda entender y saber; el predominio de la ignorancia sobre tales cuestiones tiene su origen en la inercia mental, en que la mayoría no tiene todavía la voluntad de desarrollar el intelecto. Pero no existe razón divina ni humana que impida al hombre adquirir el conocimiento capaz de dar respuesta satisfactoria a las preguntas antes formuladas.

     El hecho de que muchas cuestiones incluidas bajo la denominación de Sabiduría Antigua no hayan sido tratadas en las llamadas Escrituras Sagradas no es prueba de que sean falsas; por lo tanto, no hay base para afirmar que vayan contra la verdad o contra determinada religión; las ciencias modernas tampoco están tratadas en esas Escrituras religiosas y no por ello pretenderíamos que no deben ser estudiadas.

Mitos como expresión de la Sabiduría Antigua

     Se hace necesario precisar lo que entendemos por la palabra mito, pues la utilizamos de manera equívoca: como palabra con contenido que remite a una determinada realidad, aunque no sea la cotidiana, sino engrandecida por lo simbólico, y como todo lo contrario, un mito es una mentira, algo que no significa nada, un engaño, una falsa creencia. Sin olvidar el antiguo enfrentamiento u oposición entre el mithos y el logos, lo cual apunta a una diferencia de matiz entre dos formas de conocimiento.

    Homero comienza a utilizar el término mythos en relación con la palabra persuasiva, con la retórica, con la elocuencia, pero con referencia a los dioses, como herencia de la concepción arcaica del mito como palabra sagrada (hieroi logoi). Los filósofos presocráticos plantean el mythos como símbolo, no se proponen persuadir, al modo homérico, sino formular verdades. De ahí el apeiron de Anaximandro, o el “todo está lleno de dioses” de Tales.

     Platón dedica interesantes reflexiones sobre el asunto en el libro segundo de La República, cuando dice que hay discursos verdaderos y discursos falsos y critica a los poetas como Homero y Hesíodo porque inventaron fábulas falsas que presentaron a los dioses y a los héroes “no como realmente son sino a la manera como los diseñaría un pintor que no reflejase el parecido del modelo en sus obras”. La norma que debe regir un relato mítico es que se muestre al dios tal como es, ya se le haga aparecer en una epopeya, en un poema lírico o en una tragedia y la primera regla a la que deberán acomodarse los que compongan las fábulas es que “la divinidad no es causa de todas las cosas, sino tan sólo de las buenas”. Platón hace referencia al relato en sí al hablar de mitología. Introduce la palabra logos y la utiliza en diferentes ocasiones como si significase lo mismo que mythos, haciendo ver que hay dos modos de hablar de los seres divinos y de los dioses: el logos y el mythos, que pueden estar unidas en el mismo relato. Así, Sócrates dice en el Fedón: “después de haber hecho este poema al dios, caí en la cuenta de que el poeta, si es que se propone ser poeta, deberá tratar en sus poemas mitos y no razonamientos. Yo empero no era mitólogo”

    En el Renacimiento, Pico de la Mirándola plantea la necesidad de buscar una verdad primordial, una filosofía secreta, perdida a través de sus huellas, que serían los mitos antiguos. “He querido decirlo para que se sepa cuál ha sido mi fatiga, cuál mi dificultad para sacar de la maraña de los enigmas, del velo de las fábulas, los significados de la secreta filosofía”. Y también: “Orfeo revistió los misterios de sus dogmas con el velo de la fábula y los disimuló con alegorías poéticas, de modo que quien lee sus himnos puede creer que no pasan de fabulillas y divagaciones juguetonas”. Los artistas del Renacimiento veían en las imágenes míticas una poderosa energía transformadora y subrayaron la interpretación moral de las alegorías clásicas.

    Frente a la palabra mythos, en su acepción griega, que alude a una cierta vivencia de lo sagrado, la acepción moderna y latinizada de la palabra mito parece significar una “esencia que en su tiempo fue accesible y ahora ya no lo es”, como dice Furio Jesi. (ver “Mito”. Labor. Barcelona, 1976). En el siglo XIX, el filólogo alemán Creuzer, bastante apreciado por H.P.B., afirma que los sacerdotes que elaboraron las primeras doctrinas religiosas de la humanidad vistieron los símbolos con ropajes mitológicos y que “las ideas constitutivas de las doctrinas religiosas brotan de los símbolos como un rayo que llega de las profundidades del ser y del pensamiento”. Helena Petrovna Blavatsky, por su parte, al hablar de la palabra mythos, se refiere a los autores antiguos que afirmaban que significa Tradición. Y la palabra latina fábula es algo sucedido en los tiempos prehistóricos, no una invención. La tradición envuelve en alegorías las enseñanzas de los misterios: la inmortalidad del alma, la doctrina pitagórica de que Dios es la mente universal, difundida por todas las cosas, la cosmogonía del universo, o el mundo ideal preexistente. Esas son las enseñanzas que guardan los mitos, un saber secreto, transmitido de manera velada, un saber transformador. Bachofen, cuarenta años más tarde diría: “las palabras finitizan lo infinito, los símbolos conducen al espíritu del mundo finito a la esfera del ser infinito”. Para él, el símbolo era una realidad objetiva que descansa en sí misma, que no remite a otra cosa sino a su propia esencia.

    Para los evolucionistas del siglo XIX los mitos eran expresión de un esfuerzo intelectual por explicar el mundo y también como manifestación de un pensamiento confuso, primitivo, irracional, embrionario. C. G. Jung descubre con su psicología de las profundidades que la mente humana conserva muchos rastros del pasado de la especie. Surge con él la psicología imaginal (término acuñado por Hillman) que, en lugar de utilizar los mitos para explicar realidades psíquicas, como había hecho Freud, plantea el proceso contrario, pues entiende que la base misma de la psique es poética o mitopoética. Considera que los símbolos son intentos naturales para reconciliar y unir los opuestos dentro de la psique. Jung establece un vínculo entre mitos primitivos o arcaicos y los símbolos producidos por el inconsciente, y que encontramos en los sueños. Los ejemplos de Jung son evocadores: el del mito del héroe, cuya función esencial es desarrollar la conciencia del ego individual, dándose cuenta de su propia fuerza y debilidad. Jung también se refiere al mito de la iniciación, como rito de paso acompañado de la muerte simbólica, y posterior renacimiento y la lucha entre el ego y el sí mismo, entendido éste como conciencia de la psique como totalidad. Es un proceso de renovación interior. Con sus tres fases: separación, marginación y agregación, sus pruebas y rituales de acceso.

Ejemplo de un mito propio de la Sabiduría Antigua

     El origen y el auge de la ciudad de Santiago de Compostela, España, son bastante peculiares. Después de que Santiago el Mayor, hermano de San Juan Apóstol, fuese apedreado por una multitud de fanáticos en Jerusalén, su cuerpo fue trasladado a la costa noroeste de España, y desembarcó cerca de Padrón, de acuerdo con la tradición, en la concha de una venera. No se sabe cuándo se trasladó el cuerpo tierra adentro hasta el actual Santiago; algunas autoridades en la materia opinan que fue el papa León III quien dio las órdenes de que así se hiciera. En cualquier caso, los discípulos de santiago, San Teodoro, y San Atanasio, construyeron allí un pequeño mausoleo, la actual cripta. Luces celestiales aparecieron encima del lugar donde yacía el santo, se oyeron voces de ángeles anunciando la llegada de mejores tiempos, y se dice que acontecieron milagros, hasta que Teodomiro, obispo de Iria, en el año 808, organizó una minuciosa búsqueda del lugar donde reposaban los restos del santo: “la concha madre de tal perla”. El rey Alfonso II, el Casto, tan pronto como supo que se había encontrado el lugar, fue a visitarlo y ordenó que se levantaran tres pequeñas capillas u oratorios. Una, en el mismo lugar dedicada a Santiago; otra, al Salvador, y una tercera, a San Juan Bautista. Todo el lugar fue llamado “Campus stellae”, de ahí viene “Compostela”, de las luces o estrellas que habían atraido la atención hacia allí.  Cuando Ramiro, el rey que le sucedió, presentó batalla a Abderrahmán de Córdoba, se vio al santo al frente del ejército español, montado en un caballo blanco, con una espada en su mano derecha y un estandarte blanco en su mano izquierda, en el que se veía dibujada una cruz roja. “Lanzó rayos y centellas contra la media luna, y el sonido de los tambores sarracenos fue ahogado por el de la trompeta del invencible de Santiago”. La fecha y el lugar de esta batalla no se conocen con exactitud. Algunos historiadores la sitúan en el año 849, cerca de Clavijo. Gracias a la aparición del santo para la ocasión, se ganó el epíteto de “Hijo del Trueno”, y el estandarte blanco es uno de sus principales atributos. Como curiosidad sobre San Juan Bautista,a la mañana siguiente visitamos San Isidoro, en San Isidoro de León, donde nos recibió el abad. El lugar está lleno de reliquias entre las que destaca la mano de San Martín, cuyo cuerpo está sepultado en un nicho, y parte de la mandíbula inferior de San Juan Bautista, con una dentadura aún envidiable. Me resulta curioso que el cadáver de Santiago fuese transportado en una concha; ¿habría que comparar la concha con la canasta de mimbre de otras tradiciones?.

    Cuando nace Jesús, localizan el sitio por señales de estrellas; cuando muere Jesús, hay revuelo en el firmamento; cuando muere Santiago, las estrellas anuncian su sepultura. Muy curioso. Cuando muere Jesús, levantan tres cruces para que le acompañen en su muerte. Cuando muere Santiago, levantan tres capillas. Curioso. ¿A alguien le suena el estandarte blanco con cruz roja?; ¿o habría que preguntar por vestimenta blanca con cruz roja?. Curioso. Hubo otra ocasión en que para vencer al enemigo, las estrellas colaboraron y el sonido de trompeta derribó murallas. Curioso.

Oposiciones y alcances

     La oposición que la Sabiduría Antigua ha encontrado en determinadas esferas, en determinados individuos, obedece a diversas razones. Una es que esta Sabiduría, como los ríos, tiene vados poco hondos que hasta un niño puede vadear; pero tiene otros muy profundos en los que el mejor y más fuerte buzo es incapaz de penetrar. En efecto, aunque algunas de sus enseñanzas son tan sencillas y prácticas que están al alcance de personas de menos de mediana inteligencia, en ciertos aspectos demanda esfuerzos extraordinarios. La inercia mental de la mayoría se resiste a ser perturbada y el egoísmo prefiere una mentira aceptable a la verdad más profunda, si para alcanzarla hay que sacrificar una mínima porción de la comodidad. Otra razón es que el pincipio de abnegado servicio a la especie, que ella proclama, atrae únicamente al limitado número de aquellos dispuestos a llevar una vida pura y altruista. Otra de las razones, quizás la más importante, es que ella destruye la superstición y el fanatismo disfrazado de religión, de manera que al presentar verdades que de plano contradicen muchas de las vaguedades en que se apoyan los sectarismos, tales verdades resultan inaceptables para quienes no están dispuestos a hacer un profundo estudio de su propia religión y prefieren, naturalmente, adherirse a las creencias tradicionales. Esto es muy humano. No es fácil desarraigar ideas largo tiempo mantenidas, por más que sean falsas.

     A pesar de todo, a medida que el hombre progresa intelectualmente, sus ideas con respecto a la religión sufren grandes modificaciones y su fanatismo se reduce en proporción. Los sectarios y fanáticos de todas las religiones que haciendo gala de su absoluto desconocimiento en cuanto a los principios en que se apoyan las demás religiones, proclaman la suya como la única verdadera y desprecian a todas las demás, no hacen más que proclamar su crasa ignorancia. Por esto, quien haya estudiado a fondo su propia religión y conozca los más rudimentarios principios de la Sabiduría Antigua, jamás podrá afirmar que son incompatibles.

     Dos son los principios que pueden considerarse como fundamentales de la Sabiduría Antigua. El primero es la Inmanencia de dios. Dios está en todas partes y en todo cuanto existe. La vida divina es el espíritu que anima a todo cuanto existe, desde el átomo al arcángel. Todo pensamiento, toda conciencia, son suyos; porque Él es el Uno, la eterna Vida. Por tanto la esencia de la Sabiduría Antigua es que el hombre, por ser participante de la Vida divina, puede conocer a la Divinidad y que, asimismo, es divino e inmortal, mejor dicho, eterno; porque inmortalidad no es más que tiempo sin fin y lo que principió en el tiempo debe acabar con el tiempo, mientras que el hombre es eterno como Dios mismo y la muerte no significa otra cosa que el abandono de una vestidura antes de ponerse otra.

    Ahora bien. Si existe una sola Vida, una Conciencia en todas las formas con Dios imanente en todas ellas, el inevitable corolario de esta verdad suprema es la solidaridad de todo cuanto vive, en otas palabras, la Fraternidad Universal. La inmanencia de dios y la Sabiduría Humana, tales son las verdades básicas de la Sabiduría Divina.

    Las enseñanzas de la Sabiduría Antigua pueden resumirse en los siguientes postulados:

  • Existe una Realidad Infinita y eterna, una Existencia real incognoscible.

  • De esta existencia real y eterna procede el dios manifestado desenvolviéndose de unidad en dualidad y de dualidad en trinidad.

  • El univero entero, con todo lo que contiene, es una manifestación de la vida de Dios.

  • Existen muchas y muy poderosas existencias, llámense ángeles, arcángeles o con otros nombres, que proceden de dios manifestado y son sus agentes para cumplir sus pensamientos y Su voluntad.

  • El hombre, como Dios, es divino en esencia y su yo interno es eterno.

  • El hombre se desarrolla y evoluciona en tres mundos: físico, emocional y mental en los que reencarna repetidamente, atraído por el deseo y en obediencia a la ley de causa y efecto de la cual se libera por el conocimiento y el sacrificio, llegando a ser divino en potencia, como siempre lo ha sido en forma latente.

  • Existen los llamados Maestros, hombres perfectos que han completado su evolución, que han alcanzado la humana perfección y nada les queda por aprender de cuanto tiene relación con nuestra condición humana.

Simbolismo y Sabiduría Antigua

         “Encerrar la verdad entera en el lenguaje hablado, expresar los más altos misterios ocultos en un estilo abstracto, no sólo sería inútil, peligroso y sacrílego, sino también imposible. Existen verdades de un orden sutil, sintético y divino para cuya íntegra expresión no basta el lenguaje humano. Sólo la música puede algunas veces hacer que el alma las sienta, sólo el éxtasis puede mostrarlas en una visión absoluta y sólo el simbolismo esotérico puede revelarlas al espíritu de un modo real”.

(Stanislao de Guaita “Au seuil du Mystére)

     Un Símbolo puede estudiarse siempre desde un número infinito de puntos de vista, y cada pensador tiene el derecho de descubrir en el símbolo un significado nuevo de acuerdo con la lógica de sus propias concepciones. En realidad, la finalidad de los símbolos es la de despertar ideas que duermen en nuestra consciencia. Despiertan un pensamiento por medio de la sugestión y hacen que la verdad que se encuentra oculta en lo profundo de nuestro espíritu salga a la luz. Para que los símbolos puedan hablar, es esencial que tengamos en nosotros mismos los gérmenes de las ideas, cuya revelación constituye la misión de los símbolos. Pero no es posible ninguna revelación si la mente se encuentra vacía, estéril e inerte. Por esta razón los símbolos no llegan a todo el mundo, no pueden hablar a toda la gente. Rehuyen especialmente a las mentes que se precian de ser positivas y que basan su razonamiento sólo en inertes fórmulas científicas y dogmáticas. La utilidad práctica de estas fórmulas no puede discutirse, pero desde el punto de vista filosófico son la expresión sólo del pensamiento estático, artificialmente limitado, inmóvil a tal grado, que parece estar muerto en comparación con el pensamiento vivo, indefinido, complejo y móvil, que se refleja en los símbolos.

     Queda perfectamente claro que los símbolos no han sido creados para expresar aquello a lo que se llama verdades científicas. Por su propia naturaleza, los símbolos deben permanecer elásticos, vagos y ambiguos, como los designios de un oráculo. Su papel es descubrir misterios, dejando a la mente toda su libertad. De modo muy diferente a las ortodoxias despóticas, el símbolo favorece a la independencia. Sólo un símbolo puede liberar al hombre de la esclavitud de las palabras y las fórmulas y permite alcanzar la posibilidad de pensar libremente.

     Es imposible evitar el uso de símbolos si se desea penetrar en los secretos (misterios), es decir, en aquellas verdades que pueden tan fácilmente transformarse en monstruosas ilusiones cuando se trata de expresarlas en un lenguaje directo, sin la ayuda de alegorías simbólicas. El silencio a que se obligaba a los iniciados encuentra su justificación en esto. Los secretos ocultos exigen para su comprensión un esfuerzo de la mente, pueden iluminarla interiormente, pero no pueden servir como tema de argumentos retóricos. El conocimiento oculto no puede ser transmitido oralmente ni por escrito, puede  adquirirse solamente por una meditación profunda. Es menester penetrar en lo profundo de uno mismo para descubrirlo. Aquellos que lo buscan fuera de sí se hallan en el camino falso. Es en este sentido que las palabras de Sócrates “conócete a ti mismo” deben entenderse.

    En los dominios del Simbolismo no debe tratarse de ser demasiado exactos. Los símbolos corresponden a ideas que por su propia naturaleza son difíciles de abarcar, y que no pueden reducirse a definiciones escolásticas. Los escolásticos llevan a su último análisis sólo palabras, es decir, algo enteramente artificial. Por su propia naturaleza una palabra es un instrumento de paradoja. Esto sucede así porque toda disciplina trata no con realidades que lleguen a nuestra conciencia por sí mismas, sino sólo con sus representaciones orales, con las fantasías de nuestro espíritu que con frecuencia deja que se le engañe con estas monedas falsas de nuestro pensamiento.
    La Filosofía Hermética se distingue por su capacidad de poder alejarse de las palabras y sumergirse en la contemplación de las cosas tomadas en sí mismas, en su propia esencia. No hay nada de sorprendente en el hecho de que en estas condiciones la filosofía se haya dividido en dos corrientes. Una tuvo su origen en la lógica de Aristóteles y sostenía la posibilidad de llegar a la verdad por medio de razonamientos basados en premisas consideradas como irrebatibles. Esta fue la filosofía oficial que se enseñaba en las escuelas (ordinarias), de ahí el origen del termino “escolástica”.
    La otra filosofía siguió otra dirección, siempre más o menos oculta en el sentido de que siempre se encubrió en el misterio y transmitió sus enseñanzas sólo bajo el velo de enigmas, alegorías y símbolos. A través de Platón y de Pitágoras sostenía tener su origen en los Hierofantes egipcios y en el mismo fundador de su ciencia, Hermes Trismegisto, de ahí que se haya llamado “Hermética”.
    El discípulo de Hermes era callado, nunca discutía ni trataba de convencer a nadie acerca de nada. Encerrado dentro de sí mismo, se absorbía en meditaciones profundas y finalmente, por este medio, penetraba en los secretos de la Naturaleza. Se ganaba la confianza de Isis y entraba en relación con los verdaderos iniciados. Gnosis le descubría los principios de las Ciencias Sagradas antiguas, de las que se formaron poco a poco la Astrología, la Magia y la Cábala. Estas ciencias oficialmente llamadas “muertas” se refieren todas a la misma cuestión, al descubrimiento de las leyes ocultas que gobiernan al universo. Y se difieren de la ciencia oficial de la Física por su carácter misterioso y trascendental. Estas ciencias constituyen la Filosofía Hermética. Esta filosofía se distingue además por el hecho de que nunca se ha conformado con ser puramente especulativa (teórica). De hecho siempre ha perseguido una finalidad práctica, siempre ha buscado resultados reales; su misión ha consistido siempre en lo que se ha llamado la Realización de la Gran Obra.
Sabiduría Antigua y Ovnilogía
    Debería ser innecesaria la siguiente aclaración, pero en ocasiones es necesario iluminar algunos puntos oscuros de nuestras perpsectivas para que los lectores puedan situarse en orden y apariencia con ellos, a fin de su mejor comprensión. Y es la necesidad de señalar, por un lado, que estos necesariamente incompletos apuntes sobre Sabiduría Antigua los escribo en consonancia con mi lectura, si se quiere, cada vez más espiritualista del fenómeno OVNI, tema central de mis amores literarios. Pero este espiritualismo no entronca con el ya conocido mesianismo ovnilógico; ni siquiera comulga con supuestas misiones redentoras de difusos “hermanos del cosmos”. Es “espiritualismo” —a falta de una palabra más acabada, que si algún lector la posee con mucho gusto aceptaré— no en función de los fines del fenómeno, sino del origen de la inteligencia que opera detrás del mismo.
    Un simple repaso de muchos de mis trabajos publicados en “Al Filo de la Realidad” demostrará que no es esta postura un veleidismo por mi parte, sino que se asienta en razonamientos y analogías que, cuanto menos personalmente, estimo de cierta solidez. Para decirlo una vez más: acepto que nuestro planeta ha sido visitado a lo largo de su Historia —eso incluye el presente— en ocasiones por seres absolutamente materiales con origen en un cuerpo extrasolar, pero en nada comulgo con la intención de adjudicar la totalidad de lo “no identificado” del fenómeno a ese origen. Por razones que sería aburrido reiterar —al lector recién llegado remito a las notas al pie de este trabajo— entiendo que la mayoría de los casos con evidencias de acciones inteligentes no humanas provienen (todos los sinónimos son válidos) de Otra Realidad, dimensiones paralelas, etc. Claro que, si estamos en este caso hablando de seres incorpóreos —al menos en orden a este plano de existencia— coexistentes con nuestro mundo, capaces de acceder al mismo a voluntad, ¿qué nos impide referirlos como seres espirituales, habida cuenta de que la “sustancia” que los conforme puede también ser parte de nuestra propia naturaleza sutil?. Y si así lo vemos, ¿qué evita que la moderna Ovnilogía abreve en la Sabiduría Antigua —así como en tantos estudiosos de cuño de lo esotérico— para una mejor comprensión del fenómeno?.
    Sé que los amigos del “pelotón de tuercas y tornillos” sienten una repugnancia visceral por este tipo de enfoque, atrapados en la ilusoria sensación de que cuanto más tangibles y materiales sean sus “extraterrestres”, cuanto más parecidos a nuestros astronautas y cuanto más “física” sea la “nave” que los transporte, más probabilidades tendrán de ser aceptados por la opinión pública, academicismo incluido. Es gracioso, pero el verdadero “tapón” que inhibe la percepción de este fenómeno desde la perspectiva propuesta es en realidad una anteojera social: se asocia siempre lo “espiritual” al ámbito religioso (con sus implicaciones en la moral, el mundo de las creencias subjetivas y lo inasible) mientras que los “hechos reales” lo “científicamente demostrable” es ámbito exclusivo de las universidades. Y lo apasionante de lo que llamamos fenómeno OVNI radica a mi entender precisamente en que nos obliga —aun en contra de nuestra voluntad— a tender un puente entre esos dos ámbitos tapialados a cal y canto y absolutamente inaccesibles el uno para el otro, cuanto menos en el conocimiento humano popular, que es decir, el exotérico. Y mi razonamiento es sencillo: si este conocimiento —el exotérico— no nos ha permitido hasta aquí avanzar gran cosa en el discernimiento de la naturaleza de los OVNI y la o las inteligencias que se mueven tras él, ¿no se cae por su propio peso que deberíamos por lo menos plantear seriamente conocerlo desde un enfoque esotérico?.
    En lo personal, eso es lo que he hecho. Y debo decir que me ha rendido jugosos frutos. Por lo pronto, la gran constante del fenómeno OVNI, su esencia absurda, se acomoda por sí misma. Entendiéndolo desde ese cariz hermético la casuística del fenómeno —seleccionada con cierto criterio, cada testimonio es consistente en sí mismo, pero todos ellos contradictorios entre sí— encaja perfectamente en el modelo teórico.

Notas asociadas del autor que vale la pena consultar

(puede consultarlas en la web, o solicitar los números anteriores por email)

 “La puerta dimensional de Ongamira”, en AFR Nº 1

“Fundamentos científicos del Ocultismo (primera parte)”, en AFR Nº 2

“Fundamentos científicos del Ocultismo (segunda parte)”, en AFR Nº 4

“Fundamentos científicos del Ocultismo (tercera parte)”, en AFR Nº 5

“Fundamentos científicos del Ocultismo (cuarta parte)”, en AFR Nº 7

“Fundamentos científicos del Ocultismo (quinta parte)”, en AFR Nº 9

“Fundamentos científicos del Ocultismo (sexta parte)”, en AFR Nº 11

“Fundamentos científicos del Ocultismo (séptima parte)”, en AFR Nº 12

“Fundamentos científicos del Ocultismo (octava parte)”, en AFR Nº 13

“Fundamentos científicos del Ocultismo” (novena parte)”, en AFR Nº 15

“Fundamentos científicos del Ocultismo” (décima parte)”, en AFR Nº 16

“¿Qué es un “egrégoro”?, en AFR Nº 32

“Más allá del umbral”, en AFR Nº 40

“Tulpas: el pensamiento hecho materia”, en AFR Nº 49

“La experiencia de abducción como iniciación esotérica”, en AFR Nº 52

“Contactados y revelaciones”, en AFR Nº 64

“Reflexiones sobre el origen extradimensional de los OVNIs”, en AFR Nº 67

“Percepciones modificadas de otra realidad: Profundizando en la búsqueda de sentido al fenómeno OVNI”, en AFR Nº 69

“Aportes para un paradigma espiritual en la investigación OVNI”, en AFR Nº 72

“Percepciones modificadas de Otra Realidad: Profundizando en la búsqueda de sentido al fenómeno OVNI”, en AFR Nº 76 .

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