O “la educación de los Guerreros por venir”, hubiera sido un buen título alternativo para esta nota. Porque si, como solemos decir, debemos proponer rescatar la Sabiduría Ancestral para mejorar la calidad de vida y el crecimiento espiritual del hombre y la mujer contemporáneos, la Educaciòn, en cualesquiera de sus niveles, no puede ser ajeno a esa propuesta.

En esto pensaba días atrás cuando, tras una Ceremonia de Temazcal en nuestro “kallihuey” (sede física. “Kalli”: casa, “huey” grande, en lengua náhuatl) de Capilla del Monte, Córdoba, Argentina, con los hermanitos y hermanitas asistentes pasamos un par de distendidas horas de descanso y conversando sobre diversos tópicos. Como varias de las asistentes eran docentes, inevitablemente la charla derivó a mirar desde la enseñanza Tolteca qué papel jugamos en la formación y educación de nuestros niños y adolescentes. Nacieron, entonces, estas reflexiones.

Suele ser ya un lugar común dentro de los cultores del Conocimiento de los Abuelos el concebir la vida como un Camino de permanente formación de Guerreros y Guerreras, entendiendo el concepto no como alguien habilitado para arruinarle la salud al prójimo sino para estar siempre alerta y preparado para combatir al enemigo más peligroso: el que aguarda, expectante, en los pliegues de nuestra propia Sombra interna. Y en esa direcciòn, la educación que impartamos a nuestros descendientes, tanto en el ámbito familiar como del grupos social y la escuela, tiene algo que reflexionar de las enseñanzas de los Abuelos que sostenemos las Tradiciones.

En primer lugar, casi toda la formación educativa de nuestros niños y adolescentes podría resumirse en una consigna: Enséñales a distinguir lo correcto de lo conveniente. Tal vez hubiera sido prudente (no lo seré) decir esto y nada más, pues tiene implicaciones y ramificaciones que eximen de todo otro comentario. Pero es necesario ahondar un poco más aún.

Por ejemplo, señalar –y ejemplificarles, porque nada se enseña bien si no se acompaña con el propio ejemplo- del valor de la Palabra dada. Y la Impecabilidad, la famosa “conducta impecable” del guerrero, aplicada aquí al escolar. ¿Y de qué se trataría?. De algo que penosamente es cada vez más evidente en la escolarizaciòn no sólo argentina sino de muchos otros países, por caso, también latinoamericanos: la ley del “menor esfuerzo”, el que, bajo excusas varias, haya docentes que aprueben a alumnos que no estudian, el crecimiento de una pedagogía donde no hay “meritocracia”, donde no hay recompensa para quien se esfuerce. Donde escuchamos a los pibes decirnos: “¿Para qué me voy a esforzar si Fulano, que no hace nada, aprueba igual?.

¿De qué sirve ser impecable, entonces? (podrían preguntar esos niños, esos jóvenes).

Ser impecable no es ser perfecto. Es hacer el mejor esfuerzo posible, y no mentirse. Ser consciente de ello. Y la conducta impecable es para con uno, de nada sirve compararse con “el otro”. Mi conducta impecable me formará como individuo, seré yo quien cultivaré un carácter y veré sus resultados, y esto no tiene nada que ver con el otro. Por consiguiente, lo que el otro decida hacer (o no), no es mi problema, no debe interesarme ya que si lo hace incumplo la segunda enseñanza del Guerrero: “no tomes nada personal”.

Podría decirle a ese niño, o ese joven, que el problema “del otro” es que aunque crea obtener un beneficio hoy, forjará una personalidad débil, inconstante, vulnerable y seguramente su vida pasará entre mediocridades y sinsabores; pero, aún siendo cierto, no es realmente importante. Lo único importante es que la convicción que “las cosas deben hacerse bien porque deben hacerse bien” es intrínseco a la naturaleza del Guerrero. En la íntima profundidad de nuestro Ser, porque sabemos, porque hemos experimentado, que existe una vertiente pragmática: actuar así, más bien, vivir así, nos “alinea” con el Universo; alimenta las “semillas cósmicas” que Ometeotl, “Dios-en-acciòn”, siembra en potencia (como debe ser una semilla) en el espíritu de cada mujer y cada hombre.

Es parte del dolor del hombre y la mujer contemporáneos haber naturalizado que todo tiene que tener un “para qué”, dando poca, si no ninguna, importancia al “por qué”. Otra vez: las cosas hay que hacerlas bien porque deben hacerse bien, y no hay razón más inconmovible, más absoluta, más universal (en todo el sentido que deseen darle al término) que esa.

 Sin duda, cualquier padre, o madre, o hijo, o hija, tiene su derecho a pensar que todo esto es una tontería y que las conductas que “sirven” son las que dan “resultados” (resultados que siempre tendrá relaciòn con lo material: a ningún estudiante para quien tenga relevancia, por ejemplo, ser premiado con un reconocimiento académico se le ocurrirá que podría alcanzarlo sin esforzarse en estudiar). Ya sé que los “vivos” dirán que lo único que importa es lo que consiguen, atándose así a una rueda de permanente sufrimiento, porque cuando la paz interna, el equilibrio y la armonía parecen estar atados a las cosas de ahí afuera, siempre será más lo que falte que lo que se tenga.

 Educar al Guerrero, a la Guerrera, es alimentar en ellos el “fuego sagrado” de sentirse plenos al ser honestos con su ser interno; no fijarse, compararse o referenciarse con los demás. Lo contrario es no entender que inevitablemente quien se “aprovecha” (argumentando solamente ser “práctico”) lo que hace es racionalizar y justificar la enorme inseguridad que percibe de sí mismo. Nadie llega a ningún lado, así.

Y algo más: como los individuos que aplican la “ley del menor esfuerzo” son eternos rehenes de los demás (porque necesitan aprovechar sus debilidades, o corromper sus deseos, o aprovecharse de sus disimulos) , que los resultados en tu vida terminen así dependiendo más de los otros que de uno mismo es elegir ser esclavo de un “destino” en el cual cada día tienen menos participación y decisiòn. Por eso son los Guerreros artífices absolutos de su propio Camino.

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