Sucintamente, podríamos ponerlo así: no se es mejor temazcalero disfrazándose de indígena, en las formas y en los modos. Resulta crudo escribirlo de esta forma pero, fieles al espíritu de la Toltequidad, las convicciones no deben ser disimuladas por el velo de la hipocresía.
Resulta estimulante comprobar cómo en los últimos años se ha acrecentado el interés público por la Sabidurìa Ancestral. Una cosmovisión de orígenes remotos y generalmente asociada a grupos étnicos en épocas naturalistas de sus propias líneas de Tiempo. O para ponerlo más claro, hablamos de Sabiduría Ancestral y pensamos en chamanes amerindios, siberianos, africanos, asiáticos, polinésicos. Y por inevitable extensión del mercadeo, el “packaging” de quienes difunden esas enseñanzas debe estar en sintonía con esa presunciòn. Así, formadores cosanguíneos a inkas, mexicas, yorubas, mapuches, celtas y un largo etcétera, idealmente con ropajes típicos representan a los ojos de muchos el paradigma del camino ancestral.

Y está bien que así sea; después de siglos de ninguneo, de oscurantismo, de explotaciòn o marginaciòn, el orgullo por las raíces y la reivindicación de las costumbres de la raza es un bien que debe ser respetado. El problema es cuando los argumentos válidos y las buenas razones, sea por purismo, exageración, intereses o falta de rigurosidad conspiran en contra del objetivo inicial. Porque lo descripto es Sabiduría Ancestral. Pero no toda la Sabiduría Ancestral.

Razonar en otra direcciòn da pábulo a un racismo al revés. Quienes tenemos ascendientes europeos, por caso, pero que hemos acreditado nuestro interés y compromiso con las enseñanzas, por ejemplo de Toltecas, Inkas y Aymaras, hemos sufrido en carne propia la descalificación de algunos “maestros” que nos endilgan nuestra inhabilidad para volcarnos a ese conocimiento sólo por no tener sangre indígena. ¿Se entiende porqué hablo de un “racismo al revés”?. Y aún más: en ciertos ámbitos aficionados a estos menesteres se ve como poco aceptable el papel de transmisor de conocimiento si uno no viste un poncho, tilma, túnica, si no lleva el cabello por los hombros (aunque aquì, algunos que duermen la siesta enroscados en la pata de la cama dirían, quizás con razón, que hablo por envidia) e inevitable “vincha”, bandana, “mixcoatlmecatl” o cinta ciñendo la cabeza.

Creo que el objetivo de recuperar la Sabiduría Ancestral es, primero, evitar lo meramente folklórico o nostálgico. Tiene que ver con recuperar enseñanzas que sean de utilidad y valor al hombre y la mujer contemporáneos. Pero me resulta chocante observar cuántas veces, creyendo que el hábito hace al monje, algunos practicantes creen estar más cerca de sus ancestros si viven todo el día (perdón por la expresión) “disfrazados de”. Si dictamos nuestras conferencias de elegante sport, si nos valemos de recursos tecnológicos, es decir, si no respondemos al “estereotipo indígena” (donde no gratuitamente tantos sociólogos han señalado la perversa y subliminal similitud de la palabra con “indigente”) pareceremos “menos creíbles”. Y de lo que en realidad se trataría, es que resultaríamos “menos vendibles”.

Estas reflexiones apuntan a señalar que caminando los senderos de la Sabiduría Ancestral se aprende, a veces dolorosamente, que ser “jefe indígena” no es ser necesariamente “maestro”. Si los conquistadores creyeron engañar a los aborígenes con espejitos de colores, evitemos por lo menos el camino inverso del producto. Es penoso observar como cualquier nativo de cierto país, sólo por su piel cetrina y, como dije, una cinta ciñendo su cabeza más algunos aditamentos artesanales se transforma en un envase referencial frente a cualquier estudioso y practicante que luego de sus pininos iniciales continuó la búsqueda de manera independiente. Déjenme citar, como buen ejemplo, el aprendizaje que he observado en tierras mexicanas donde cada vez son más los transmisores del Conocimiento Ancestral del Anahuac que deciden no integrarse a “kalpullis” (agrupaciones de práctica mexica) o toman distancia de tanto “maestro”, “tekutli”, “tlatoani”, “tlacaelel”, “portadores de Pipa Sagrada” y otros adjetivos rimbombantes para las masas, al descubrir que detrás de sus poses hieráticas laten las miserias y falencias de cualquier ser humano. Que de ésos podemos relatar unos cuantos ejemplos.

Y tengamos en claro este concepto: la práctica del Temazcal en particular, y la Toltecayotl en general, NO ES una práctica religiosa. Los mexicas tenían su propia religión: su nombre era Inkantonatl. La Toltecayotl es una “tecnología espiritual”, donde a abordajes específicos le siguen resultados específicos. No se trata de “desacralizar” al temascal, sino de devolverle su sentido y significado, una posibilidad de rescatar el Conocimiento Ancestral para mejorar la calidad de vida del hombre y la mujer contemporáneos. Y el Camino Rojo, que no es de formas, sino de espíritu, pues es el camino del corazón.
Y al corazón que ponemos en nuestra vida, en difundir la Medicina y el Conocimiento, que vengan a juzgarnos!

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