Amarre de Tilma y Huipil

Las ceremonias “nupciales” (aunque el empleo del término sea redundante, pues “nuptiae , en latín, significa precisamente “ceremonia”) son omnipresentes en todas las culturas y, por ende, no podían ser menos entre los Toltecas. Sin embargo, existen ciertas consideraciones que la revitalizan sugestivamente en los tiempos que corren.

A diferencia de la práctica instalada en otros horizontes, donde la “boda” era un compromiso de por vida –al extremo que en distintas civilizaciones, a instancias de las religiones dominantes, en ocasiones la viuda supérstite tenía incluso prohibido rehacer su vida afectiva tras la pérdida del esposo- en la Toltequidad se entiende que las voluntades se suman para potenciar no solamente la seguridad sino la realización personal y la libertad de cada una de las partes. Precursores en el “matrimonio igualitario”, pues los Toltecas aceptaban con la naturalidad que corresponde la uniòn afectiva de personas del mismo sexo (en tanto, como decían, se trataba de “uniòn de espíritus” y éstos, obviamente, carecen de género), el “Amarre de Tilma y Huipil” era un emotivo momento lleno de simbolismos.

Recordemos que “tilma” es el nombre de una vestimenta usada por el varón, una especie de capa larga anudada por sobre los hombros y que caía hasta el suelo. El “huipil”, en tanto, era un vestido femenino, un faldón largo también. Y la ceremonia se llamaba “amarre” porque en un momento de la misma el Abuelo, el Sacerdote o el Temachtiani  (Consejero, aunque literalmente “dador de Conocimiento”) oficiantes anuda, cerca de los pies, uno con otro y ambos dan algunos pasos sincronizados para representar que caminarán juntos por la vida.

Esta unión se deshacía de común acuerdo de las partes, tras lo cual cada uno optaba por regresar a casa de su familia o irse a vivir en solitario, llevando consigo la mitad de los bienes y artículos que hubiesen acumulado en ese período. Si habían generado una huerta o construido una vivienda, quien tuviera mejor situación económica por familia contribuía para que la otra parte pudiera hacerse su propia casa y el compromiso sólo se consideraba formalmente disuelto cuando ésta estuviera finalizada. Obviamente las familias eran deudoras solidarias de esta situación hasta tanto se zanjara en los mejores y pacíficos términos.

La Tradiciòn enseña que todos los participantes –mínimamente: pareja, padrinos y familiares inmediatos, así como oficiantes- deben, preferiblemente en las vísperas, participar de un Temazcal comunitario. Esa tradición hermana los corazones al calor, la humedad y la penumbra de esa representación del útero de la Madre Tierra porque la nueva pareja es incubada, así, como parte de una comunidad que es a la vez protectora, hogar de la misma, hermanos de espíritu y socorro en caso de necesidad.

La Ceremonia en sí (tal como los Temachtianis la seguimos celebrando hoy en día) consistía en la reuniòn previa con cuatro padrinos, dos varones y dos mujeres, a cada uno de los cuales se les asignaba un “elemento”: Aire, Agua, Tierra y Fuego. Éstos –los padrinos- podían ser elegidos y designados por la pareja o por el Temachtiani oficiante, con conformidad de los primeros. A cada uno de ellos se les provee de un elemento representativo de su elemento y con una vestimenta donde el color predominante corresponda al mismo, y será su tarea dirigirse, en el desarrollo del ritual, a la pareja dando palabras de aliento y un consejo de vida que, a su vez, se identifique simbólicamente con el elemento que le corresponda. Arrodillados sobre un “petate” o esterilla rodeada de flores, la pareja recibe esos obsequios –que serán importantes en un pequeño altar de la futura familia- . A continuación, una pareja de importancia afectiva o de autoridad moral, representando la Dualidad Ometeoica (ella como Omecihuatl, él como Ometekutli), tomados de la mano, se arrodillan frente a la pareja, el hombre frente a la mujer, la mujer frente al hombre y repiten el proceso: palabras de vida para la reciente pareja. Y, finalmente, un oficiante, representando a Ometeotl, la Divinidad manifiesta, ocupa ese lugar y, tomando las manos de ambos contrayentes, hace lo propio. La Ceremonia finaliza, entonces, al ponerse ambos de pie y, atadas sus vestimentas en una pierna como se indicó, dan así algunos pasos en un camino orlado de flores mientras los presentes arrojan pétalos de otras sobre ellos. E, inevitablemente, el agasajo final a los asistentes con comida y bebida.

Mi maestro y hermano de Camino, Ollinkauit (Gerardo Alcántara), quien me iniciara en esta Ceremonia, siempre señala que es importante destacar cómo se respeta en todo momento el concepto de Dualidad Ometeoica. Esto es, concebir a la Divinidad como una Dualidad (eso significa, después de todo, la expresión “Ometeotl” = Ome, dos; teotl; semilla cósmica”) y, representado lo Macrocósmico en lo Microcósmico, una pareja –hasta una institución como el “kalpulli” o “hermandad”; el espacio de recreación social de estos conocimientos- debe ser una réplica a menor escala de ese “orden cósmico”. Por ello, en Toltequidad, no nos referimos a nuestras parejas como “pareja”, “esposa”, “esposo”, “marido”, “mujer” sino como nuestra “dualidad ometeoica”. Esa dualidad estrá presente en los cuatro padrinos de dos sexos, en la pareja – dualidad (Omecihuatl y Ometekutli) finalmente reunidos y sintetizados en el personaje que cumple la funciòn de Ometeotl.

No existen “textos” de lo que debe ser dicho ni fórmulas rituales, porque las palabras de todos deben salir de los corazones, lo que brinda la ocasiòn verdaderamente única de una fresca y natural espontaneidad sin falsos oropeles. Y en todo momento, señalar claramente que no se trata de dos personalidades que se anulen parcialmente sino de dos espíritus que se funden con identidades claramente diferenciadas, buscando así la unidad en la diversidad..

 

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