toltekQuien suponga que toda ceremonia ritual en la Toltecayotl (mal llamada “Toltequidad”) es un acto de mera superstición carente de lógica y sentido intrínseco, revela con ello su lectura superficial.  Efectivamente, los Toltecas (no gratuitamente la etimología de la palabra, en nahuatl, significa “sabio artista”) consideraban que un ritual era un Lugar y Tiempos Sagrados, dotado, por ende de un Sentido Trascendente. Era el conocimiento (y el ejercicio conciente) de ese Sentido lo que le daba su “poder”, de efectos mensurables y evidentes[1]. Quien se asuma como “mexica” (palabra que, hemos explicado hasta el hartazgo, no es referente de nacionalidad alguna ya que significa “ciudadano planetario”) sabe que en el Cosmos cualquier punto es el centro de una esfera infinita. Entonces, decreta, en el “aquí y ahora” ritual, que éste será el centro del Universo. En consecuencia, las energías de todas las direcciones convergen hacia él. “Llama” entonces a las mismas con el sonido del “atekokoli” o caracola (lo que es nombrarlas, en tanto todo existe cuando es nombrado), sincroniza el latir de su corazón con el “huehuetl” o tambor, que hace eco cósmico de ese latir, ciñe el ixcoatlmecatl, o cinta o banda sobre la frente que le recuerda que es Uno con el Universo (“ixcoatl”: Galaxia, donde “ix” bruma” y “coatl”, serpiente”. “Serpiente de bruma”, una forma poética de llamar a la Vía Láctea, y luego “Mecatl”, cinta, banda) y la fragancia del copal arrastrará su conciencia tras sus sentidos. En resumen, “escenifica”, “representa” “su” Universo que en ese “aquí  y ahora” Ritual y Sagrado es tan real como el Universo anodino, profano, desacralizado del hombre y la mujer común que al no “recrear” (volver a crear-lo) son por lo tanto esclavos y víctimas, y no responsables, de él. El conocimiento empírico, filosófico, teórico de la Enseñanza se hace objeto, se aplica, y deviene empíricamente en cambios en su vida. Por eso decimos que la Toltecayotl no es creencia, sino tecnología espiritual.

Es esa “desacralización” de la vida, la pérdida de ese Tiempo y Lugar Sagrados a conciencia del hombre y la mujer contemporáneos lo que acarrea desde su vacío interno hasta su angustia existencial. O, peor aún, el delegar en intermediarios la “sacralidad”, en constreñirlo a un día en la semana, a un horario determinado o, en el epítome de la falta de compromiso, resumirlo a una oración masticada y predigerida, hueca de pasión excepto cuando la rellena el dolor y la desolación. El ejercicio del Ritual desarrolla (o impide la disfuncionalidad) de nuestro potencial creador, pero en un sentido cósmico.

[1] Quien descrea de la “evidencia” y “mensurabilidad” le ofrezco sólo el ejemplo del Temazcal: difícilmente la experiencia –en una ceremonia tal, entiéndase, llevada a cabo con seriedad y compromiso- sea superable por quien no sea conciente libremente del Sentido Trascendente de la misma.

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