onasFue en diciembre de 1903. Supongo que el hacendado irlandés les habrá hablado a los selk’nam (u onas) de esa idea rara de la Navidad, de comer en familia, de reunirse la tribu para esperar la Nochebuena. El asunto es que el estanciero y sus hombres ayudaron a matar una ballena, a arrastrar su cadáver hasta la playa, la playa de Springhill, en Tierra del Fuego, y a preparar y disponer otras vituallas para festejar su amistad prometida. Y mientras los felices, ignorantes selk’nam corrían de aquì hacia allá ante tanta comida junta observando con silencioso respeto las extrañas máquinas, los brillantes frascos de vidrio, los estruendosos motores a vapor de las barcazas que se habían reunido para ofrecerles esa cosa rara de la Navidad, los peones del hacendado, con diligencia, rodeaban el cuerpo de la ballena inoculando su carne muerta aquí y allá con un líquido espeso.

Y cuando el cetáceo estuvo conveniente envenenado, invitaron a los onas a comer.

Murieron más de quinientos.

Fue en diciembre de 1903, y en la escuela nunca me contaron de esto.

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