Voy a proponer aquí una idea que resultará asaz peregrina, tal vez, si se piensa en ella fuera dle contexto de otros trabajos nuestros, en el sentido de señalar que algunos hechos históricos -si no la mayoría de ellos- son el producto de una “ingeniería social” desarrollada a través de los siglos por un Poder en las Sombras, que llamamos genéricamente “los Illuminati” (si bien el término ya no corresponde a quienes alguna vez fueron con él identificados) y que, como pasrte de sus estrategias a través del Tiempo, decidieron exterminar, en algunas regiones del globo, a las poblaciones originarias y a su cultura.

En este análisis quizás sesgado (porque aquí me referiré únicamente a la Argentina) la rszón de ser de ese genocidio étnico y cultural tiene que ver con prever, a futuro, la más sencilla manipulaciòn de un país que carece de una identidad de la que sentirse orgulloso. En efecto, en Argentina, cuando se habla de “tradiciones” sólo se piensa en los tiempos de la Conquista hacia aquí, como si con anterioridad a la llegada de los españoles esto hubiera sido un páramo desértico. Y en este país, donde la enorme mayoría de sus habitantes son descendientes de europeos -el contraste en ese sentido con otras naciones latinoamericanas es obvio- su “folklore”, su música autóctona, su gastronomía son productos del maridaje con estilos, ritmos, sabores y perspectivas, en su gran mayoría, también europeas.

"La conquista del desierto", cuadro de Juan Manuel Blanes
“La conquista del desierto”, cuadro de Juan Manuel Blanes

Ese maridaje nos ha nutrido no sólo sanguíneamente, es cierto. Pero, si no estuvo -que no lo estuvo- equilibrado con la presencia cultural ancestral, terminó siendo manipulado por esos Grupos de Poder que necesitaron “otra” Argentina, la de hoy, seguramente muy distinta de “la que hubiera sido”. Mientras que en otros países el exterminio de los Pueblos Originarios fue la consecuencia colateral de políticas de explotaciòn, expoliaciòn y esclavitud, producto de la desvalorizaciòn insolente de esas vidas y esas culturas, aquí fue, por el contrario, un objetivo en sí mismo, un logro buscado: es historia que la Conquista del Desierto -iniciada por Rosas pero finalizada y “perfeccionada” por Julio Argentino Roca- fue una decisión política fríamente planificada.

Aclaremos conceptos sobre los que se nos enturbia la visiòn desde pequeños: el fin de la Conquista del Desierto no fue someter o reprimir a “indios salvajes” que asolaban pacíficas poblaciones de blancos: fue una guerra abierta contra una naciòn extranjera reconocida por el gobierno argentino.  En efecto, la Nación Argentina tenía frontera sur, hacia 1878, con las naciones indígenas, especialmente con el Imperio de las Salinas Grandes, regido por el cacique Calfucurá, con su capital en la isla de hoele-Choel, en el Río Negro. En ese sentido, el “sur” de Argentina era una línea que comenzaba en Carmen de Patagones y ascendía hacia el Noroeste atravesando el norte de la actual provincia de La Pampa y de allí se dirigía a Mendoza. Al sur de esa línea era territorio soberano autóctono, y sucesivos gobiernos argentinos -desde Rosas- no sólo reconocieron su autonomía sino formaron pactos de paz, intercambio comercial, etc. Esos tratados bilaterales -reiteradamente rotos por incursiones militares argentinas- prometían una paz que nunca se cumplió. Y la historia se tergiversó a tal extremo que desde las aulas escolares hasta el bizarro cine argentino de la primera mitad del siglo XX hacían épica la “gesta patriótica” de fortines y fortineros ante el “malón” implacable (ataque en masa de indígenas a poblaciones blancas) ocultando a la historia que por lo general los “malones” eran la respuesta al incumplimiento de los tratados o reacciones ante previas “malocas” (ataques militares blancos a aldeas indígenas).

Antigua fotografía de soldados argentinos exterminando aborígenes
Antigua fotografía de soldados argentinos exterminando aborígenes

El general Julio A. Roca fue el artífice y mentor de una Campaña al Desierto cuyo objetivo era, entonces, apoderarse de las extensísimas tierras de una naciòn colindante (y antes que hiciera lo propio el gobierno chileno). Y no bastó con apoderarse de las tierras y sus recursos; no bastó con someter, sojuzgar (el término “esclavizar” era ya políticamente incorrecto, claro, aunque ahora sabemos que sutiles pueden ser las esclavitudes) a las etnias; se buscó específicamente su exterminio. A soldados y civiles se les pagaba “dos patacones” (moneda de curso legal entonces) por “cada par de orejas de indio” que se presentara a las autoridades locales. Si la sangre indígena -especialmente la patagónica- sobrevivió mínimamente, fue por tres razones: huyeron al sur de Chile, se perdieron en las estepas inaccesibles, o fueron compulsivamente capturadas por mano de obra barata por terratenientes y hacendados que vieron en su supervivencia la garantía de trabajo muy barato y eficiente y más rentable que contratar “en el Norte” trabajadores blancos o mestizos, necesariamente más onerosos.

El tema da para análisis más profundos y extensos de aquello sobre lo que hoy deseamos llamar la atenciòn: el hecho que ese persistir de políticas sea, más que producto de circunstancias socioeconómicas del momento, una planificaciòn a largo plazo, que exista un Grupo de Poder que se perpetúa detrás de las mismas y que existan códigos o “guiños” culturales que transmitan y sostengan simbólicamente esa preeminencia.

Billete de cien pesos
Billete de cien pesos

Porque es en el marco de ese planteo que nos preguntamos: ¿es “casual” que en un tiempo históricamente reciente -y aún al presente- en Argentina se haya elegido la efigie de un genocida como Roca para ilustrar el billete de mayor denominaciòn monetaria? (el de cien pesos argentino). Si bien hace muy poco comenzó la emisiòn de otro con el mismo valor y la imagen de Eva Perón, lo cierto es que durante muchos años Roca fue el “símbolo” de la moneda más prciada, y ello sin ser el “patriota” -ni uno de tantos- más respetable del país: San Martín, Belgrano u otros hubieran merecido esa distinciòn. Pero no; fue reservada a quien además de su campaña militar supo ser presidente, y esto en obvia retribución por “servicios prestados”.

Estatua de Roca en Buenos Aires
Estatua de Roca en Buenos Aires

Pero hay más. La estatua de Roca ocupa en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, capital de la República Argentina, el punto orográfico más alto ocupado por la representaciòn de una figura histórica: y como si no bastare, mira directamente hacia la Casa de Gobierno.

No seré yo quien minimize el valor de los símbolos y su impacto en el Inconsciente Colectivo, y estos hechos que ueden parecer resultado de azarozas circunstancias tienen, tanto desde la lectura simbólica como (cuando no) la esotérica, una significaciòn particular y sugestiva. Propongo aquí, entonces, la teoría que aquellos que por encima de geografías y temporalidades dibujan el derrotero de la Humanidad conforme a sus planes dejan, cual metafísicos pulgarcitos, migajas de pan, rastros sutiles sólo para el ojo atento que describen con gestos sólo cognoscibles para entendidos la oportunidad de una mirada retrospectiva para comprender la Historia desde otro lugar.

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