Dado que intuyo que la mayoría de mis lectores conocen mi actividad en el campo de la transmisión del Conocimiento Ancestral Originario y el Chamanismo, especialmente la Toltecayotl (o Sabiduría Tolteca)[1], cuando redacté el título de esta nota en realidad estaba formulando la pregunta de otra manera: “¿Puede considerarse la Toltequidad una Orden Iniciática?. Si finalmente planteo la cuestiòn desde aparentemente una perspectiva más amplia, es a sabiendas que no sólo los cultores de ésta, sino de toda Tradiciòn ancestral pueden verse reflejados en estas consideraciones.

Cuando se mencionan Sociedades y Órdenes Iniciáticas, inevitablemente el foco de la atención se dispara en direcciòn a aquellas que forman parte del engrama cultural: Masonería, Rosacruces, Martinistas y un largo etcétera son ejemplos preclaros de las mismas. Y por definición, una organización será Iniciática –aunque las distintas vertientes discuten por un “quítame de allí esos pergaminos”-  cuando se cumplan estos requisitos:

–         Sea su eje doctrinal una Filosofía de Vida y una Cosmopercepciòn espiritualista

–         Codifique enseñanzas y transmita “aprendizaje esotérico” –en el sentido más lato de la expresión- que es aquél que deviene de la práctica de esas enseñanzas

–         Responda a un “linaje espiritual”, donde la transmisión de conocimientos –teóricos y prácticos- sea directa de Maestro a Discípulo.

–         Implique “grados” que sometan a prueba y esfuerzo a los Adeptos

–         Exija un compromiso a sus integrantes (por necesario carácter transitivo, entonces, toda agrupación Iniciática debe ser Probacionista)

            Todo proceso iniciático requiere una relaciòn Discípulo – Instructor. O, para ser más precisos, una escalera de trascendencia, básicamente de tres niveles: Aprendiz – Compañero – Maestro. Y un contexto, institucional o casi, en el cual ese aprendizaje de las “formas” -rituales- como recreaciòn Microcósmica de procesos Macrocósmicos sean conocidos, practicados, aprehendidos, develados sus arcanos significados y significantes, aplicados y sostenidos en el tiempo. Esa es la razón de ser de todas las sociedades iniciáticas. Y el kalpulli lo es también.

            Un “kalpulli” es una hermandad de transmisiòn del conocimiento ancestral originario. En este caso  su naturaleza es iniciática. Los “tekio” o “trabajos” hechos en su seno y por instrucciòn de sus superiores, los ritos de paso, todo ello propende a despertar en el estudiante y practicante -porque en Esoterismo no se es una cosa si no se es la otra- cualidades espirituales sobre las cuales no tiene sentido abundar, toda vez que no es su razón de ser la de presumir ante terceros sino para que cada uno, cada una, sepa dentro de sí que pule de la basta piedra bruta que en masónica alegoría es nuestra naturaleza.

            Pero una iniciación esotérica, por cumplimiento de la Ley de Correspondencia (ver al respecto mi trabajo “Fundamentos Científicos del Ocultismo”) debe ser operativa y filosófica. Filosófica, porque propende al conocimiento en virtud del Conocimiento en sí. Y operativa, porque debe ser herramienta de Cambio, de modificaciòn. En síntesis, de Evoluciòn.

            Pero una evoluciòn egoísta, centrada y finita en el individuo, desacraliza la iniciaciòn que le ha sido conferida. Porque la evoluciòn debe irradiar hacia el entorno. Si la filogénesis repite la ontogénesis, la razón de ser de las búsquedas espirituales debe ser también incidir, actuar, impulsar la evoluciòn del entorno del individuo. Como un campo radiante que se extiende y derrama a su alrededor, todo Iniciado tiene el deber moral de transmutar y transmutarse, de ayudar y ayudarse, tanto en lo físico como en lo espiritual.

Y el “kalpulli” como contexto, y la Inkaltonatl (ciencia espiritual tolteca) lo son en grado sumo. En algún momento me he referido a las posibilidades sociales y económicas (y por lo tanto, políticas) que el kalpulli puede brindar a la colapsada sociedad contemporánea. Quizás más cercanos al concepto de un arcano cooperativismo, psicológico antes que social, los pueblos originarios pudieron haber escrito, si se les hubiera permitido, una historia distinta. Sospecho -más aún, estoy convencido- que una de las razones históricas para arrasarlos, someterlos y esclavizarlos en la pobreza y la ignorancia a través de los siglos es, precisamente, el conocimiento que los Poderes en las Sombras tienen que un despertar de la conciencia originaria (si les suena mejor que “conciencia indígena”) conlleva necesariamente el colapso del sistema consumista y dominante eidéticamente de los últimos quinientos años. Tras las matanzas de Chiapas, tras el Ejército Zapatista de Liberaciòn Nacional y su Subcomandante Marcos (¿alguna vez se preguntaron, si Rafael Sebastián Guillén Vicente -tal su presunto nombre real- es el “subcomandante”, quién -o quiénes- son los “comandantes”?) y la masacre de Tlatelolco en 1968 se esconde más, mucho más, que intereses políticos del momento.

            Resumiendo, por eso toda iniciación -y la indigenista lo es- requiere de tres elementos.:

 – En primer lugar, la organizaciòn heredera del Conocimiento, del linaje.

– En segundo lugar, un Maestro, un Iniciador, un Guía.

– En tercer lugar, un Espacio Sacro y un Ritual (o varios).

El temazcal

             Y el temazcal es ese espacio sagrado. Es un Templo, pues, en primer lugar, allí se establece -si simbólica o expresamente, depende del Nivel de Realidad en que se ubique el iniciado- una conexiòn entre el ser humano y la Madre Tierra (Tonantzintlalli o Pachamama). En él se re–crea el re–nacimiento (en este caso espiritual). En él se amplifican los miedos, la Sombra, los deseos, se aplasta el Ego y en ese Tlazolteótl (“la fuerza que destruye y crea a sí misma”), transforma el cuerpo del ser humano en un atanor dentro de otro atanor para catalizar un verdadero proceso alquímico de donde será Piedra Filosofal el Quetzalcoatl, el Tezcatlipoca, el Huitzilopochtli o el Xipec Totec que despierta dentro de cada uno.

Por supuesto, también puede usarse para la terapéutica física o meramente psicológica, de la misma manera que el templo cristiano, judío o budista también puede ser visitado por turistas, para tomar fotos artísticas, para conocer la historia de una localidad. Pero que en el momento del ritual, se transforma en otra cosa.

Entonces, pasar por sucesivos temascales (sean éstos terapéuticos, guerreros o místicos) es someter a la materia, nuestra materia, al “disolve et coagula”, una y otra y otra vez. Hasta que la negra costra comienza a desprenderse permitiendo brillar al Sol la estrella que en su interior fue transmutada de bajos elementos a otros de orden Superior.

 

Tomando conciencia de pertenencia

            Si caemos en la simpleza de sentirnos “pertenencientes” a una Orden cuando ésta tiene la impronta judeocristiana –respetable como sustrato ancestral y que no discutiremos aquì- y sus atributos mientras que por otra parte la práctica del Conocimiento Ancestral Originario nos ubica psicológicamente en un plano de naturaleza no-iniciática, estaremos desvalorizando las potencialidades plenas que como individuos y miembros de la sociedad podemos extraer de este Camino.  Que nuestro ámbito de trabajo carezca de la magnificencia oropélica (si se me permite el neologismo) de los capítulos europeos para ser fuertemente naturalista (pero a fin de cuentas, ¿qué Templo más imponente que la propia Naturaleza?), que en lugar de mandiles y espadas enarbolemos tambores y sahumadores no menoscaba en el más mínimo grado el orgullo del linaje. La convicción en esto es también un severo llamado de atención para cierto “racismo al revés” que se viene observando en los últimos años, donde algunos cultores del indigenismo de claras raíces étnicas ven con disgusto la llegada de quienes no comparten sus genes, olvidando, como enseñara el gran Tlakaélel[2] que la hermandad es de espíritu, no de sangre. (Lo contrario termina siendo vejatorio al espíritu mismo de la Fraternidad).

            Sirvan estas líneas, por lo tanto, como llamado a todos los kalpullis, los “ayllus”, o simplemente los cultores y practicantes individuales de la Sabiduría Indígena para recuperar su conciencia iniciática y probacionista. Y practicarla.

Junto a Tlakaélel
Junto a Tlakaélel

 


[1] Para más información, www.movimientochamanico.com.ar

 

[2] Francisco Jiménez, recientemente fallecido, el “Abuelo de los Abuelos” de la Toltequidad, en conversación personal.

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