En un principio estuve tentado de colocar el título entre signos de interrogación, más por respetar la objetividad investigativa que por convencimiento propio. Pero, finalmente y en lo personal, privan mis convicciones: las que dictan mi certeza de estar frente a las evidencias que, en la tan traída y levada Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba, Argentina, sentó sus reales, quizás miles de años atrás, una cultura megalítica aún no reconocida por la Ciencia.

            Si tuviera que encontrar el eco de algo conocido, todo me remite a Marcahuasi, en Perú. Allí, como aquí, un horizonte cultural (al que Daniel Ruzzo ha denominado “masma”) modificó el paisaje, aprovechando las formaciones rocosas de esa meseta para erigir ciclópeas representaciones figurativas. Sé que aquí (como allí) detractores y defensores dividirán rápidamente las aguas y formarán en ambas riberas. La confrontación, debo decirlo, me es indiferente: prefiero el juicio de ustedes, mis lectores.

            Alguien –de aquellos que duermen la siesta enroscados en la pata de la cama- podrá decir que esto es una nueva vuelta de tuerca promocional al ya místico paraje, con una larga historia de leyendas, duendes, OVNIs y la inevitable caterva de reminiscencias neoespiritualistas. Rizando el rizo, podría entonces yo decir que Capilla del Monte resultó siempre atractiva porque el lugar, desde épocas pretéritas, cuenta con una condiciòn especial que atrae las manifestaciones espirituales, elegida por ello por los antiguos, renovado el compromiso por nuestros contemporáneos. Por cierto, no es una especulación menor: sería un interesante entronque entre lo antropológico y lo sociológico analizar porqué, respetando matices, un mismo lugar, saltando barreras históricas, es visceralmente tan atractivo para la expresión espiritual de generaciones tan distantes entre sí en la línea del tiempo.

            Pero remitámonos a las evidencias. De alguna manera el hallazgo estaba “anunciado” desde que, en 2008, Carlos Lusianzoff, propietario del predio “Pueblo Encanto” –siempre en Capilla del Monte- limpiando un sector rocoso cubierto por la difícil maleza del lugar halló lo que peritajes posteriores definieron como un “pucará” o centro ceremonial indígena, de unos impensados 8.000 años de antigüedad. Esta afirmación escandaliza a los arqueólogos, para los cuales ninguna cultura, en el dilatado continente americano, habría alcanzado esa antigüedad jamás, pero no a los geólogos, que fueron quienes dieron la prueba científica, y es ésta.

            Como se sabe, el granito, material de que está hecho el afloramiento rocoso, está formado por mica, cuarzo y feldespato. Además de su dureza, tiene la particularidad que en su proceso de enfriamiento original no genera “burbujas” de aire. Fragmenta, sí, reticula y cliva en sus cortes naturales, pero no genera concavidades. De modo que cuando se halla alguna, como la que muestran las fotografías, va de suyo que ha sido horadada artificialmente (como los numerosos “morteros” del lugar). Pues bien, puede en algunos de estos orificios observarse una pátina naranja. Se trata de “limonita”, un excipiente del proceso (lentísimo) de oxidación natural de la piedra. El hecho es que para que se forme una capa de limonita como la que se observa claramente, se necesita de unos 8.000 años desde que el hoyo ha sido perforado, y de allí la deducciòn.

El paraje donde fueron realizados los hallazgos
El paraje donde fueron realizados los hallazgos

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Vista aterrazada del pucará
Vista aterrazada del pucará

 

Vista aterrazada del pucará
Vista aterrazada del pucará

 

Detalles del pucará
Detalles del pucará

 

Detalles del pucará
Detalles del pucará

 

El orificio con limonita
El orificio con limonita

 

Morteros en la cumbre del Uritorco
Morteros en la cumbre del Uritorco

            La zona presenta también otras evidencias concomitantes, y salgo otra vez al cruce de mis detractores. Imagino el argumento: “¿Cómo es posible que en una zona con tanta afluencia turística seas vos, Gustavo, quien descubre esto?”. Yo no me llamo “descubridor”; sólo observador (y, modestia aparte, en eso creo ser muy bueno). A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser el primero que reportó la “Cabeza de Cóndor” en el mismisimo Uritorco, junto al cual pasan miles de paseantes todos los años (para quien aún no la haya visto y quiera hacerlo en su próximo ascenso al cerro: unos cuatrocientos metros antes del “ojo de agua”, inmediatamente antes de “la pampita” (así la llamaban en mis mocedades, ahora la han bautizado más clamorosamente como “el valle de los espíritus”), a la derecha del camino y mirando hacia arriba (supongo que pocos lo habrán notado porque, a esa altura del paseo, el cansancio hace que uno avance penosamente con la cabeza gacha). O que los “morteros” de la cumbre son eminentemente rituales, con un “desagüe” para drenar líquidos en las ceremonias (de la misma manera que en el Pucará se encuentran inexplicables perforaciones que ascienden en forma sinuosa por dentro de la roca para salir por un punto superior, lo que hace suponer que los usaban para fumar algún tipo de enteógeno y así comulgar con la Pachamama, y el gran interrogante de que con qué técnica o herramienta pueden hacer una extensa perforación sinuosa por dentro del granito).

            Las imágenes que quiero presentar fueron tomadas entre El Zapato y el dique El Cajón, en la meseta que se extiende al norte de éste. Son claramente discernibles:

a)      la cabeza de lo que parece un lobo, con las orejas claramente echadas hacia atrás, visibles los ojos laterales, las fauces abiertas y la mandíbula inferior claramente articulada.

b)      Dos “cabezas de lagarto” deterioradas pero reconocibles de apreciables dimensiones (compárese las proporciones), ambas igualmente orientadas al norte, lo que reduce las posibilidades de una formación natural.

c)      “huellas de pies” y otras tallas del suelo rocoso

d)      En los “aleros” que se sabe, luego tardíamente, los “henia – kâmiare” (mal llamados “comechingones”) usaban para largos períodos de ayuno y meditaciòn (y que miran hacia su cerro sagrado, el Uritorco) recortes en los mismos presumiblemente artificiosos.

e)      Tres rocas –mostramos una de ellas- absolutamente naturales, claro, pero con la coincidencia que todas se apoyan sobre tres “pies” muy similares, como si se hubiera rebajado la roca para dejar esta particularidad expuesta.

"Huellas"
"Huellas"

 

"Cabeza de lagarto"
"Cabeza de lagarto"

 

Otra "cabeza de lagarto"
Otra "cabeza de lagarto"

 

Las columnas de Los Terrones
Las columnas de Los Terrones

 

Columnas en Tepoztlán
Columnas en Tepoztlán

 

 Quiero sumar también dos observaciones: en Los Terrones (muy cerca del lugar de referencia) se encuentran rocas horadadas por lo que los lugareños (sin duda influidos por los académicos) denominan “morteros”, que se supone para la molienda de granos. Es risible que en ejemplos como los que muestro lo sean, toda vez que los orificios se encuentran en toda la superficie en derredor de la roca, para lo cual tendrían que haberla volteado en cada ocasiòn, teniendo tanta piedra disponible en sus alrededores…. Y, por otra parte, éstas se encuentran en el sendero que lleva a la “Cueva del Útero” que se presume sirvió para prácticas chamánicas ancestrales. Yo las supongo “mojones” de referencia simbólica.

 También, recordemos que en Los Terrones se encuentran las dos columnas de roca que ilustro, absolutamente idénticas a otras dos que fotografié en Tepoztlán (Morelos, México) lugar que, por cierto, es un “eco” de Capilla del Monte.

 Ahora bien, ¿quiénes hicieron estas obras?. Como escribì, tengo la fuerte presunciòn que todo el conjunto, Pucará – Cabeza de Cóndor – Tallas de El Zapato pertenece al mismo horizonte y por lo tanto, la misma época, lo que de por sí nos sitúa unos 6.000 años A.C. Es probable que en la zona –las mismas estribaciones serranas, por caso- haya otras tallas de este tipo. Pero lo cierto es que, por definición, esto no pertenece a ninguna cultura conocida y tipificada por la ciencia académica. Y nos ubica más cerca de las leyendas arcaicas, de un Tiwanaku ancestral, del mismo Marcahuasi… Y ante la pregunta de: “¿porqué no se hallaron antes, y en otros puntos, algunas otras evidencias?” sospecho alguna catástrofe, vaya a saberse si natural o provocada, que borró todo otro vestigio más deletéreo de la faz de la tierra. Mis reflexiones me hacen sospechar esa hecatombe alrededor del 3.600 A.C. por un colectivo de razones que excede los límites de este artículo.

Roca a la entrada de la Cueva del Útero
Roca a la entrada de la Cueva del Útero
Gustavo sobre otra piedra horadada
Gustavo sobre otra piedra horadada
Los Terrones: ¿nadie repara en las perforaciones?
Los Terrones: ¿nadie repara en las perforaciones?

 Como señalamos, allí están las evidencias, inevitablemente ya maltratadas por el turista desaprensivo. Esperemos, hagamos votos, para que sean merecedoras de un estudio más acabado y su preservación antes que desaparezcan.

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