En el estado de Guerrero (México) se extienden, hasta ahora a lo largo de tres kilómetros conocidos (pero se sospechan otros treinta más) uno de los sistemas de cavernas más impresionantes del mundo: Cacahuamilpa. No es sólo su extensión lo que las hace tan imponentes: es también sus otras dimensiones, que en algunas salas alcanzan los ochenta metros de ancho por… ¡sesenta metros de alto!.

Cuando las recorrimos con mi mujer Mariela y el impagable amigo Jorge Badillo, a la búsqueda de datos sobre los antiguos habitantes del lugar y sus ritos, no podíamos soslayar las maravillas a cada paso: el lugar cuenta con algunas de las más grandes estalactitas y estalagmitas del planeta. Las estalactitas son esos carámbanos de piedra que cuelgan desde el techo de las cuevas, mientras que las estalactitas son columnas, también de piedra calcárea, que se elevan desde el piso. Las primeras se forman por el depósito, gota a gota, partícula partícula, de cal que drena con el agua, mientras que las segunda por la acumulación de esas partículas cuando van cayendo del techo al suelo. Se estima que se necesitan entre 200 y 400 años para formarse apenas un centímetro de ambas y en Cacahuamilpa la estalagmita más imponente mide cuarenta metros de altura (lo que significa que formarse le llevó la friolera de casi un millón de años.
Toda la regiòn se encuentra plagada de estas grutas, formadas a través de millones de años por la erosiòn que ríos subterráneos fueron realizando dentro del macizo montañoso. Las medidas son conocidas: cuando estábamos en la “Cámara de los tronos”, llamada así pues en ella se encontró construcciones empleadas por los jefes indígenas para permanecer sentados mientras contemplaban las ceremonias, el techo de la misma, a sesenta metros de altura, está 400 metros por debajo de la superficie de la tierra, y cuando ya habíamos caminado dos kilómetros, casi, para llegar a ese lugar. Luego, los pasadizos se estrechan peligrosamente y se ramifican, comenzando un laberinto intrincado que penetra en las profundidades de la tierra hasta sitios aún no explorados. por el hombre blanco, pero sí por Cohntales y Tlahuicas, las etnias que hicieron uso de ellas.

El lugar está plagado de misterios y leyendas, todas relacionadas con los dioses del inframundo y con seres, mitad físicos y mitad espirituales que como los “gnomos” europeos, los lugareños afirman que viven allí, y lo han sostenido durante centenares de años. Los primitivos del lugar que se asentaron en sus alrededores fueron los “acolihuas”, que celebraban en ese interior –adonde jamás llega la luz del sol- ceremonias a su diosa Tonantzin, nuestra Pachamama, hace más de dos mil años. Numerosos testimonios –como algunos que hemos podido recoger- dan cuenta de una extraña “energía” en el lugar que tendría poderosos efectos curativos, y es casi una tradición secular que cuando una persona desea despertar “su espíritu” (lo que hoy llamaríamos “capacidades de clarividencia”) debe, aunque más no fuere una vez en la vida, recorrerlas. Esta costumbre se extiende en otras regiones y otras culturas del México prehispánico, por ejemplo, en las cuevas del cerro Tecutzingo.
Es por todo esto y más que se insiste en la necesidad de ver con ojos nuevos y mente abierta tanto los logros monumentales de estos pueblos como sus usos, rituales y costumbres, que quizás encierren la clave de secretos que bien podrían ser muy útiles al hombre y la mujer contemporáneos.


Créditos de las fotos: Jorge Badillo

Vea más fotos de las grutas en nuestro archivo de Flickr!

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