Introducción

         Desde hace treinta y cinco años me vengo dedicando al estudio de lo parapsicológico. En ese tiempo, no sólo he tenido la oportunidad de acumular conocimientos teóricos, sino fundamentalmente –y esto es lo que trato de rescatar permanentemente– aplicaciones prácticas de esos conocimientos. He transitado desde la más rígida formación universitaria, que me impulsaba a rechazar con una sonrisa de falsa superioridad todo lo que se catalogara como “superstición”, hasta la humildad de saber escuchar al curandero, al manosanta o al brujo indígena que tanto tienen aún que enseñarnos a nosotros, autosuficientes hombres de ciudades.

         He aprendido, sobre todo, que detrás de la palabra “superstición” se esconde una enorme sabiduría perdida. A fin de cuentas, superstición viene del latín “supérstite” (lo que sobrevive). Sin duda, lo que sobrevive de un saber perdido…

         En todos estos años, muchas veces me he encontrado en una encrucijada que, hasta hoy, pude sortear con bastante fortuna. Si la Parapsicología es de por sí algo “maldito” en ciertos círculos, y a mí (como al resto de la gente) no me gusta que me miren socarronamente, ¿debía ampararme exclusivamente en lo “científico” –o en lo que la opinión pública entiende, a veces equivocadamente, como tal– y despreciar el saber popular, o arriesgarme al descrédito y la burla afirmando que en las creencias de la gente sencilla –y por eso, puras– había “algo” que merecía ser investigado?. Hasta hoy, decía, pude evitar enfrentarme a esta cuestión trascendental. Ya no.

         Porque andando muchos caminos y conviviendo con campesinos bajo noches consteladas de estrellas donde el misterio linda la selva, uno tiene la sensación de que el autoritarismo displicente y el dedo digitador de quien pontifica desde un estrado o detrás de un escritorio, sin haberse embarrado jamás los zapatos, respecto a qué es “serio” y qué es “ridículo”, pierde consistencia y se diluye en la soberbia académica. Que lo “científicamente aceptable” adquiere otra dimensión. Y que para criticar las creencias populares, primero hay que haberlas conocido y practicado. Porque lo absurdo o lo ridículo –suelo escribir a menudo– nunca es el tema en sí. Lo absurdo o lo ridículo será el método –o la falta de él– con que encaremos su estudio. Así que voy a reivindicar el culto a San La Muerte.

Así que encare la lectura con ánimo, amigo lector, porque, después de todo, “nullum essen librum tam mallum, ut non aliqua parte prodesset” (“no hay texto tan malo, que no tenga alguna parte aprovechable”).

Año 1997. Nuestro Director, Gustavo Fernández, frente a un altar de San La Muerte en el más popular "templo doméstico" de Barranqueras, ciudad de Resistencia, Chaco (Arg.).
Año 1997. Nuestro Director, Gustavo Fernández, frente a un altar de San La Muerte en el más popular "templo doméstico" de Barranqueras, ciudad de Resistencia, Chaco (Arg.).

         Un “santo popular”, del cual, es necesario decirlo, nadie se ocupó realmente de hacerle mejor imagen pública. Su nombre y su figuración esquelética –producto de una sincretización que los indígenas absorbidos por las enseñanzas jesuíticas hicieron de un personaje descriptivo que de la muerte física hacían sus maestros con una deidad de su cuño, muy antigua– llevan gratuitamente a muchas personas a pensar que su devoción sólo acarrea desgracias –para el promesante o para el destinatario de sus odios y rencores– o que la entidad exige a cambio de sus “favores” morbosos pactos sangrientos. Nada de ello he podido encontrar en los miles de kilómetros que he recorrido investigando este culto (y que volqué en mi libro “San La Muerte: Tradición, Rituales y Oraciones, Ediciones Kan, 1997), y sí descubrir, para mi sorpresa, que esta creencia que sospechaba reservada a los escalones culturales más bajos de las sociedades de las provincias argentinas de Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones, el Paraguay, parte de la República Oriental del Uruguay y sur del Brasil, también existe, aunque clandestinamente, entre intelectuales, gobernantes, profesionales de toda extracción… y hasta un popular equipo de fútbol (Chaco Forever) ha pintado el edificio central de sus instalaciones con los colores característicos del santo: blanco y negro, una obvia alusión a su simbolismo de complementariedad, de yin y yang.

Sede Central de "Chaco For Ever"
Sede Central de "Chaco For Ever"

Entre la realidad y la leyenda

         En Corrientes, el sol ya puede ser impiadoso a mediados de octubre. El aire caliente reverberaba sobre el pajonal mustio y yo, apoyado en el alféizar de la única ventana de ese rancho, luchaba a brazo partido con la modorra que comenzaba a invadirme. El paréntesis de la siesta se hacía interminable y mientras descansaba la vista siguiendo el vuelo de un zumbón tábano, comencé a experimentar la incómoda sensación de haber sido burlado. Tres horas llevaba oteando el paraje, en realidad un gran lote baldío entre modestísimas viviendas dispersas donde el viejo curandero de la sonrisa burlona me prometió una experiencia insólita. Se trataba, nada menos, que de tomar contacto con el “pombero” (“yacíyateré” también saben llamarlo), ese duende pequeño, rubio, que silba en las siestas, secuestrando “gurises” (niños) y doncellas para liberarles días después y ayuda o perjudica al paisano, dependiendo una u otra cosa de la manera en que éste le trate o se refiera a aquél. Pero el pombero puede ser también “itirá”, esto es, un compañero invisible y omnipresente de quien se congracia con este personaje ¿mítico?. Para ello, a la hora señalada por el curandero, había que dejar en medio del campo un “charuto” , un cigarro encendido, un vaso con caña, aguardiente y miel y una cazuela de porotos negros fritos. Si el pombero se los lleva, es señal de que acepta la ofrenda y, a partir de entonces, el agraciado tiene un ángel de la guarda, claro que un poco ersatz.

         Así que allí estaba yo, tratando de autoconvencerme de que nada iba a pasar y todo se reducía a un experimento folklórico, esperando –más bien, vigilando, porque no descartaba que la “ofrenda” fuera sustraída por algún colaborador del manosanta de marras, aunque nada me había cobrado; en nada iba a ganar el mismo– alguna “señal”, cuando la sarmentosa mano del anciano sobre mi hombro me sobresaltó. Dijo apenas:

Vamos, m’hijo. Ya es hora.

Y salimos caminando a campo traviesa.

 

         Que el charuto estuviese totalmente consumido no era de extrañar. Que el vaso estuviera vacío, ya lo era un tanto. ¿Evaporación?. Quizás. ¿Pero podía hacerlo el espeso brebaje en tres horas?. Y en cuanto a los porotos, ¿habría sido alguna alimaña, deslizándose tan a ras del piso que no hubiera podido verla desde mi atalaya, a cuarenta metros de distancia?. Con una rodilla en tierra, revisé el suelo a la búsqueda de alguna huella, humana o animal, que respondiera a mis interrogantes, tratando de no prestar atención a la mirada suspicaz y burlona del viejito. No encontré ninguna. ¿Hormigas?. Podrían haberlo sido, pero… mansas hormigas las que hubieran sido capaces de limpiar medio kilogramo de legumbres.

         Me incorporé, observando a mi alrededor. Las explicaciones convencionales llevadas a un extremo podían servir, pero la duda flotaba como un nimbo sobre mi cabeza.

         Nunca supe lo que pasó, si es que pasó algo. Pero desde esa oportunidad, hace unos veinticuatro años, he pasado innumerables situaciones de riesgo físico, me he encontrado aislado en pueblos desconocidos sin un peso en los bolsillos y en todos los casos y en contra del cálculo de probabilidades, salí bien parado. Suerte, dicen mis amigos. “Itirá porá” (“compañero lindo”) dirían los correntinos y chaqueños.

         Ese mismo día, el mismo curandero –expresión ésta que empleo en su más amplio contexto de respeto– asombrado, según dijera él mismo, por la prontitud de la respuesta del “pombero”, decidió iniciarme en otro de los misterios de la idiosincrasia guaranítica: el culto a San La Muerte. En esos momentos –en que aún no me había hecho las reflexiones sobre tarde tan extraña que sabría hacerme años después– decidí tomar concienzuda nota por un mero interés sociológico. Así, aprendí las oraciones y rituales para movilizar situaciones empantanadas a mi favor, o revertir depresiones económicas, o combatir a mis enemigos. Las anoté, decía, con fervor de bibliotecario, pero burlándome de la idea de usarlas alguna vez. Tiempo después, casi con desconfianza y mucha incredulidad, las apliqué. Y, para mi asombro, funcionaron.

         San La Muerte. Señor de la Buena Muerte. Señor de la Paciencia. San La Paciencia. Señor La Muerte. San Justo Nuestro Señor de la Muerte. Nuestro Señor de Dios y la Muerte. San Esqueleto. Señor Que Lo Puede Todo. San Severo de la Muerte. O San, simplemente. Distintas denominaciones para una misma entidad arquetípica que –huelga decirlo– es sólo “santo” en la mentalidad simple pero profunda del pueblo, pues no lo registra el santoral católico. Cubierto con una capa negra y guadaña, con guadaña y sin capa, o en la versión más sugestiva de un esqueleto acuclillado y con las manos sosteniendo la barbilla, este payé o amuleto debe estar hecho preferentemente de plomo –mejor aún si es de la bala que mató o hirió a algún ser humano–, de hueso humano, o, en su defecto, madera o yeso. No debe tener más de quince centímetros de altura y si los sobrepasa, el altar que lo guarde no debe estar expuesto a miradas indiscretas.

Otra vista del altar. Arriba, al centro, la pequeña y centenaria  imagen de oro macizo con ojos de rubíes de San La Muerte.
Otra vista del altar. Arriba, al centro, la pequeña y centenaria imagen de oro macizo con ojos de rubíes de San La Muerte.

   De su origen recogemos dos versiones. Una, dice que hace mucho tiempo existía un cacique que administraba justicia en forma ejemplar. Cuando murió, Dios lo llamó a su lado para que lo ayudara en una difícil tarea. Le dijo Dios que habiendo sido tan justo en sus actos sobre la Tierra, le encomendaría el cuidado de la vida y la muerte de los humanos. Le condujo a un lugar del cielo donde le ofreció un trono, y alrededor del mismo se extendían hasta el infinito cantidades innumerables de velas, algunas recién encendidas y otras a punto de apagarse. Dios le dijo que las que estaban por terminar de arder eran de los hombres que debían morir y que él debía bajar a la Tierra para recoger sus almas. Así, por orden divina, se convirtió en el ayudante de Dios para controlar la existencia de los hombres.

         La otra versión es más –¿cómo decirlo?– aleccionadora. Es particularmente útil para explicar la imagen de cuclillas de San La Muerte, así como su denominación de Señor de la Paciencia. Y sapientísima, pues enseña que todo hombre cuenta con un arma –una sola, sí– poderosísima para trascender, aun frente al fracaso, la cobardía de su naturaleza carnal. Y que el mayor sacrificio –vencer al egoísmo frente a la propia muerte– puede transformar esa voluntad en una energía omnisciente y omnipotente. Dice la leyenda indígena que un brujo, un arandú (literalmente, “los que escuchan cosas del cielo”) se agachó cierto día junto a un curso de agua, prometiendo no levantarse hasta probarse, aun a riesgo de su vida, sus poderes adivinatorios, que todo lo que el pueblo reverenciaba y alababa tanto en él realmente merecía consideración.

         No lo logró.

  

¿Será un egrégoro?

         En un artículo de mi autoría (ver revista electrónica “Al Filo de la Realidad”, número 32, artículo: “¿Qué es un egrégoro?”) ya he desarrollado la posibilidad de que la mente colectiva, de la Humanidad o de un grupo dentro de esa Humanidad, genera cargas psíquicas autorreferentes pero parasitarias de ese inconsciente colectivo. Es decir, que así como el Inconsciente Personal tiene “complejos”, también los puede tener el Inconsciente Colectivo; grandes hechos traumáticos para el psiquismo de la humanidad que llevaron a expresar simbólicamente en figura de “dioses”, “santos”, etcétera, situaciones de gran carga afectiva. La escisión entre ciencia y religión, en un momento dado y por razones que sería largo enumerar aquí, está admirablemente expresada en lo que podríamos denominar “el arquetipo de San Jorge”, donde el “dragón” (en ciertas versiones, una “serpiente” que si se la vincula con el diablo es por una desviada interpretación del texto bíblico) o la serpiente que da de comer a Eva los frutos del Árbol de la Ciencia representa el pensamiento analítico, racional, contra la actitud meramente intuitiva, casi feérica, de los hasta entonces habitantes del Paraíso. Toda la historia humana expresa a la serpiente o el dragón como símbolo del pensamiento científico: los dragones celestes de China, Quetzalcóatl (la “serpiente emplumada”) de México, el caduceo de Hermes (aún hoy, símbolo histórico de la ciencia médica, sin que por eso a nadie en su sano juicio se le ocurra por ello considerarla satánica), donde el dragón y la serpiente, decíamos, son muertos de un lanzazo por el santo.

         Y entonces, concluimos que más allá de la realidad histórica del santo del ejemplo –ya que esto no es realmente importante a estos fines– existe en el Inconsciente Colectivo de la Humanidad un “reservorio” de energía psíquica al que llamamos “arquetipo de San Jorge”. Y como cada uno de nosotros reproduce en su psiquis la estructura holística de ese Inconsciente Colectivo, significa que yo puedo “conectarme” como si de una batería suplementaria de energía espiritual se tratara, a ese “complejo arquetípico” cuando necesito fuerza, consuelo o paz. Los rituales, las oraciones, son los “enchufes” para entrar en la red energética de los arquetipos colectivos. Esto, aun cuando el invocador no sea católico y solamente esté valiéndose, pragmáticamente, de una energía espiritual que, sin ser de esa confesión religiosa en particular, igualmente le corresponde por derecho de conciencia: el de ser humano.

         Escribe nuestro amigo Antonio Las Heras: “… los arquetipos aparecen de manera particularmente apremiante en la religiosidad. Por lo tanto, la religiosidad es una actividad psíquica normal y hasta tiene un contenido equilibrador indispensable. La neurosis estaría vinculada a un debilitamiento o a una expresión unilateral o tergiversada de ella. Jung insiste en que la salud psíquica y la estabilidad del ser humano dependen de la correcta expresión de la función religiosa natural del hombre, y establece una interesante relación entre salud psicológica y verdadera religiosidad…”.

         Debemos entender entonces que la relación que durante la invocación establecemos con un ente es sincrética; recordemos que fue precisamente Jung quien estableció la existencia de un “principio de sincronicidad”, es decir, la existencia de hechos simultáneos en esencia en puntos distintos del espacio-tiempo. Así, la telepatía se explicaría como dos imágenes mentales idénticas sin relación causal directa que se hacen presentes simultáneamente en dos psiquismos. Y una premonición, percepción de un hecho futuro, sería el evento práctico en sí que ocurre (ocurrirá) en un tiempo por venir, y su reflejo degradado ocupando el aquí temporal en nuestra mente.

         En síntesis: el resultado de las invocaciones no hará “descender” al ente convocado, sino que producirá en nosotros las cualidades distintivas del mismo que, en este caso, serán los Arquetipos dormidos en el inconsciente colectivo de la Humanidad.

         Además, ciertos inconscientes grupales (una etnia, una común ideología religiosa, artística, etc.) hasta un simple grupo de amigos pueden conformar su propio “mini” Inconsciente Colectivo y, voluntaria o involuntariamente, recrear sus propios arquetipos. Pero también, por extensión de aplicación de las leyes del Kybalion (de imprescindible lectura para los estudiosos de estas disciplinas) alimentar imágenes comunes hasta recrear una entidad psíquica, autónoma, pero que no subsiste más allá de la persistencia del grupo: un egrégoro. En tal sentido, San La Muerte puede ser un egrégoro del Inconsciente Colectivo guaranítico.

         Y finalmente, que no importa si San La Muerte es “real” o no (ya que el mismo concepto de “realidad” es sumamente discutible). Lo que importa es que al paso de los siglos, generaciones crecientes de correntinos, chaqueños, formoseños, brasileros, paraguayos, misioneros, uruguayos, etc., creyeron en él, levantaron templos, lo alimentaron con sus angustias y sus devociones, crearon y forjaron un mito que perdura egregóricamente. Porque esa es la verdadera fuerza del Ocultismo: que no interesa realmente si estas cosas alguna vez existieron, ya que al sostenerlas, creerlas y extenderlas al paso del tiempo ello terminó haciéndolas realidad, con la fuerza indomable de la creencia folklórica, la intensidad del mito, la energía del arquetipo con el cual “sintonizamos” (y junto con él con su energía, su intensidad y su fuerza) mediante, según señalara, el ritual y la oración.

 

Las técnicas

         Los escépticos pueden desconfiar de la realidad de lo que a partir de ahora llamaré Arquetipo Protector así como de sus adaptaciones culturales (arcángeles, ángeles, santos, etc.) y seguramente explicarán tanto su presencia en el Inconsciente Individual así como en el sustrato cultural de un pueblo o un grupo de personas en base a argumentos psicologistas convencionales. Pero en este terreno, como en el de toda la religiosidad, debemos andarnos con cuidado.

         Leemos nuevamente a Las Heras: “… el sentimiento religioso tiene una génesis muy particular. Jung, por ejemplo, acepta inicialmente el punto de vista de Freud sobre el origen del sentimiento religioso: las representaciones de la divinidad tienen sus orígenes en la imagen del padre, que dotada de una fuerza extraordinaria influye desde el inicio de la vida psíquica del niño hasta su represión en el inconsciente al sucumbir al complejo de Edipo. Como consecuencia de la pérdida de la figura paterna, las virtudes se desplazan a la idea de un Dios Todopoderoso y los defectos a la idea del Diablo. Pero, ¿cómo encauza el niño esta energía?. ¿Cómo se forma la imagen de Dios?. Jung considera que el padre, singularmente considerado, no basta para explicar esta imagen, sino que es mucho más importante para ello el esquema inconsciente que la constituye. Detrás de los recuerdos sumergidos en los acontecimientos de la vida particular, hay un patrimonio de la especie que se manifiesta en imágenes arquetípicas. De esta manera, para Jung, se abre el camino para la concepción de Dios, no ya como sustituto del padre, sino por el contrario, es el padre físico el primer sustituto que el niño encuentra de Dios…”.

         Como ya hemos visto, y basado en estas investigaciones, Jung concluye que el hombre posee una “función religiosa natural”, necesaria e inevitable expresión del dinamismo psíquico, cuya función es dar expresión conciente a los arquetipos.

         Pero, ¿porqué ejercen efecto en el mundo material?. Porque, según hemos visto, tales arquetipos son vórtices psico-espirituales con un gran potencial de energía latente. El punto pasa, en consecuencia, por evaluar de qué forma ha de manifestarse esa energía.

         Ya hemos analizado que si trabajamos sobre simples imágenes exteriores (estatuillas o estampas) o simplemente seguimos mecánicamente la oración del rito dirigido por un tercero, esa pasividad, esa falta de iniciativa generatriz personal puede ser considerada como dotada de aspectos thanáticos  en el sentido de que la pasividad significa involución, y veremos así reducidos sus verdaderos efectos. Pero (y atención a esto) si reconstruimos mentalmente el arquetipo concentrando nuestra atención en él y en su conducta, será tan poderosa la generación de energía mental que alcanzaremos, ampliamente, los objetivos que nos hemos propuesto.

         Nótese que distintas escuelas de pensamiento oriental (incluídas algunas de Budismo Zen) tienen, como parte de su entrenamiento, el pasar horas pensando, imaginando, reconstruyendo hipotéticamente combates con poderosos enemigos o monstruosos animales. La experiencia de siglos ha demostrado que ese trabajo mental (que puede sorprender a más de un occidental convencido de que el desarrollo psíquico está, cuanto menos formalmente, reñido con la violencia, aunque ésta sea imaginaria) desarrolla el “chakra” del entrecejo (vulgarmente conocido como “tercer ojo”) que pasa así a convertirse en el foco energético catalizador de nuestras intenciones.

         Por otra parte, alguien puede cuestionar la realidad de la visión arquetípica, alegando que al modelarla con la imaginación carece de identidad objetiva. Pero, como he dicho, es tan ambigua la palabra “realidad” y tan discutible el concepto materialista que podemos tener de ella, que es cuanto menos observable que aquello que existe en nuestra mente no existe fuera de ella. Recuerden al poeta chino: “Anoche soñé que era una mariposa que volaba por el campo. Y hoy, no sé si soy un hombre que ha soñado con ser una mariposa, o una mariposa que sigue soñando que es un hombre”.

         ¿Qué es lo que nos asegura que nuestro estado de vigilia conciente es más real que el sueño?. ¿Acaso la materialidad?. Lo dudo. En nuestros sueños, los seres allí presentes (incluidos nosotros mismos) tenemos experiencias muy vívidas, aun sensorialmente hablando. Lloramos, sufrimos, gozamos, comemos, olemos, hacemos el amor… para comprobar, después, que todo ha sido un “sueño”. ¿Cómo puedo estar seguro de que en este mismo momento yo mismo –y ustedes– no somos el sueño de un ser infinitamente superior?. ¿Acaso la objetividad de las cosas que me rodean o la Historia pueden ser pruebas?. Racionalmente en absoluto, ya que las “cosas” de nuestros sueños son igualmente tangibles, y los seres que por ellos pululan tienen su propio pasado e incluso viven días o meses de sus vidas (hacen su Historia) en sólo segundos del tiempo objetivo del durmiente.

         El hecho fundamental es éste al recrear mentalmente al Arquetipo (en este caso, San La Muerte, pero puede ser también cualquier otro de similar arraigo) latente en el Inconsciente Colectivo y nuestro Inconsciente Individual. Este reflejo conlleva la transferencia de un cierto potencial energético, por supuesto menor que el que anida en el original (de todas formas ninguna mente humana por sí sola podría almacenar siquiera un segundo toda la energía que duerme en un Arquetipo), de la misma forma que una imagen reflejada en un espejo lo es porque buena parte de la luz que enmarca al objeto se reflecta sobre aquél, perdiendo a su vez buena parte de su luminosidad original.

         Por supuesto, a cualquiera puede ocurrírsele variar las características del arquetipo o del ritual, pero a tales experimentadores les comento que supongo que con ello sólo conseguirán agotar sus energías sin otro resultado: es la pureza del ritual la que asegura el mismo, porque es el ritual el que al conservarse y repetirse a través del tiempo activó como un feedback (un sistema de retroalimentación) el arquetipo, fortificándolo. El ritual será, entonces, algo así como un “transformador” que permitirá que la inmensa energía latente en el arquetipo pueda ser transferida a nuestra persona sin “fundir” nuestros sistemas.

 

Addenda

        Recientemente cayó en mis manos, como parte de mis lecturas cotidianas, un “Ensayo sobre Budismo”. Y yo, que no creo en las casualidades sino en la causalidad, no puedo dejar de participar a los lectores de un pequeño pero sugestivo hallazgo en esas páginas que, tangencialmente, se vincula con el espíritu de San La Muerte.

         Dice dicho tratado que Buda (más propiamente, el príncipe Siddharta Gautama, ya que ser “buddha” es una condición espiritual) después de buscar infructuosamente al maestro que le revelara el sentido último de la vida, supo tomar una drástica decisión: se sentó al pie de un árbol, jurando no levantarse hasta que la Suprema Verdad le fuera revelada.

         Uno no puede menos que admirarse de esta correlación con una de las dos leyendas que nos narran el origen de San La Muerte (ver aquella del sabio acuclillado a orillas del arroyo), con esa repetición arquetípica de la preeminencia de la voluntad hasta por encima de la propia vida.

         Sólo que el Buda tuvo más suerte que el ente esquelético: la verdad le fue revelada al día siguiente.

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