¿Será utópico proponer la original ética indigenista como estrategia política de la sociedad moderna?


De un tiempo a esta parte –y esto es por demás sabido por mis lectores habituales- vengo dando preferente atención (y tiempo de mis días) a explorar, recuperar y difundir ciertos conocimientos de losa pueblos Originarios. No han sido pocos, también, los que han expresado su curiosidad (y otros, su inquietud) sobre ello,  presuponiendo que este espacio creciente lo era en detrimento de otras actividades más “clásicas” en mí, como la Parapsicología o la Investigaciòn OVNI (aunque sospecho que algunos colegas respirarán aliviados). Es ésta, entonces, la ocasión de generalizar algunas respuestas, así como ofrecer algunos hallazgos. Si en el derrotero del artículo intuyen ustedes algo así como una síntesis, pues están bien encaminados.

Al igual que en otras áreas de la Espiritualidad,  lo paranormal o las Disciplinas Holísticas, hay dos maneras de encarar esto: o ser un simple “diletante” intelectual, o, en el mejor (o peor) de los casos, buscando herramientas para solucionar problemas propios, cotidianos o existenciales, o acercarse a las mismas con la convicción de ser estas temáticas mecanismos válidos para transformar la realidad, cambiar el mundo.  Y alguien podría aquí, jugándola de confrontador, preguntar(me): “¿y quién te dijo que tenés que cambiar al mundo?”. Mi respuesta y sé, la de muchos que me leen, sería: “¿Y quién dijo que no?”.

Cada uno, cada una, tiene absoluta libertad de establecer el orden de prioridades (o exclusiones) de su vida. Cada uno, cada una, también, tiene la obligación de hacerse cargo de ese orden. Y hasta por simple eficiencia egoísta, que nuestro interés entusiasta en lo Alternativo pueda servir para mejorar la calidad individual y social debería ser, quizás, parte de esas prioridades. A partir de allí, uno puede encapsularse toda la vida a observarse el ombligo o salir, quizás utópicamente, a proponer ideas. Aquí van algunas.

Debo al maestro Mariano Leyva Domínguez, a quien no conocí en vida pero cuyos escritos he reflexionado con unción,  encaminarme en estos conceptos, pálido tributo a su obra, mal difundida, que quizás gane aquí algunos puñados de nuevos conocedores. Y mi idea es proponer y debatir la aplicación de estructuras y concepciones de los pueblos del Anahuac a la sociedad contemporánea.

 

El modelo “ometeoico” de la Realidad

Como he explicado en otros escritos, “Ometeotl” (“ome”: dos, “teotl”: esencia cósmica) es “dios en acciòn”, la forma en que Ipalnemouani (“Aquél por quien vivimos” el dios increado e inmanifestado) se expresa en la naturaleza, macrocósmicamente, y macrocósmicamente en cada ser humano, como una dualidad de opuestos complementarios. Esto comienza como una planteo si se quiere filosófico, pero se extrapola como normas de conducta. De allí deviene un “modelo ometeoico” de la Realidad Social, que toma distancia del “modelo jevahístico” propio de las civilizaciones posteriores, especialmente la europea, construida sobre éste y también la perspectiva aristotélica de la Realidad.

Lo más valioso que aporta este modelo político es que, de entrada, nos hace corresponsables de las decisiones a todos los ciudadanos. A diferencia de lo que plantea el modelo aristotélico, aquí no existen diferentes categorías de ciudadanos. Cuando existen diferencias en el bienestar puede señalarse que existen fallas organizativas que deben ser corregidas por la acción de todos nosotros. Ninguno de nosotros es categorizado como enemigo por nadie más; ninguno considera enemigo suyo a ningún otro ciudadano. Al igual que todas las hojas de un árbol son árbol, todos nosotros somos el Estado. El modelo aristotélico no permite plantear soluciones armoniosas: sólo permite plantear equilibrios de clases sociales antagónicas.

El modelo ometeoico del Estado tampoco permite el surgimiento de “salvadores” o “mesías”. Al ser idénticos todos nosotros, como son idénticas entre sí las hojas de un árbol, no puede haber nadie que crea que otro ciudadano puede salvar a todos los demás. Esto sería equivalente a que una única hoja, ejecutando la actividad de fotosíntesis para la cual está capacitada, proporcionara todos los nutrientes que el árbol necesita. En este caso, al desaparecer su razón de ser, el resto de las hojas del árbol moriría. La naturaleza nos hace necesarios a todos: nadie puede decirse más necesario o menos necesario que otra persona.

 

Estructura social y distribución de riquezas

Es tan sencillo y eficiente que uno debe preguntarse porqué fue sistemáticamente obviado por las generaciones posteriores. Un grupo de familias formaba un “kalpulli”. Un grupo de kalpullis, un “Tecuhyotl”. Varios tecuyohtl, un “Tlatohcayotl”, y los necesarios tlatocayotl, la Confederaciòn. Cada kalpulli tenía un Consejo de Ancianos, que enviaba un representante al Consejo del Tecuhyotl, y así sucesivamente.

Luego, cada kalpulli se reservaba el 50 % bruto de sus recursos para uso y disposición individual y enviaba al tecuhyotl el otro 50 %. De lo reunido, este tecuhyotl retenía un 50 % (para obras públicas, reservas para necesidades grupales, inversiones) y giraba al Tlatohcayotl el otro 50 %, que repetía el proceso consigo mismo y con la Confederaciòn. Esto era igualitario para todos los grupos independientemente de su riqueza personal o productiva, y la reinversiòn y autogestión administrativa de la caja pública subvenía a las necesidades proporcionales de los más necesitados. Uno quisiera ver un eco de este sistema en el de coparticipaciòn federal de los ingresos, con la inevitable diferencia que el dinero, en el ejemplo arahuacano, quedaba primero donde debía quedar y el resto se giraba a los estratos superiores y no, como se aplica actualmente en los países “democráticos”, donde depende del Estado centralizado la redistribuciòn de las remesas, mecanismo siempre sujeto a extorsiones partidarias y pactos aliancistas, por no hablar de la corruptela dibujada en los números.

Pero este sistema sería de difícil aplicación si no se hiciera especial hincapié en un concepto fundamental: las respuestas a los problemas deben moverse simultáneamente en ambas direcciones, de arriba hacia abajo y también de abajo hacia arriba. Esperar lo segundo, únicamente, es un capitalismo salvaje e inhumano. Y esperar lo primero, exclusivamente, es ser limosnero del estado. La clave está en el ciudadano.

La persona era considerada como un sujeto de realizaciones colectivas, como un servidor de la comunidad, que podía desarrollar su personalidad con relación y en proporción a los servicios prestados a la colectividad, dentro de los límites consagrados por la tradición. Por consiguiente, sus privilegios no podían ser transferidos por herencia, excepto el de sangre, el de nacimiento. Sus derechos y obligaciones tampoco podían ser iguales ante la ley, sino relativos a su posición social: a mayores privilegios, mayor responsabilidad.

El trabajo personal no puede ser otro que el de regir la diaria conducta de cada uno de nosotros por los cuatro principios esenciales del vivir originario: el respeto a la vida, el respeto a lo ajeno, el respeto a la verdad y el respeto a la debilidad. Si cada uno de nosotros se apega estrictamente a este respeto cuádruple poco a poco irá enseñando a los demás a hacer eso mismo. Adoptar estos cuatro principios exige que cada uno de nosotros se reeduque a sí mismo. La transformaciòn de las estructuras políticas requiere ante todo de la reeducaciòn personal que cada uno de nosotros lleve a cabo consigo mismo.

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