Declaración de Principios

Hemos creado este Movimiento con el exclusivo propósito de difundir el pensamiento Chamánico, en cualquiera de las acepciones que las Culturas Ancestrales le han dado a la palabra. No se nos escapa que el “chamán” es, básicamente, un sanador. Así, Chamanismo debería remitir, en puridad, a las técnicas de sanaciòn, ya sean del alma, la mente o el espíritu. Pero la inserciòn del término en la cultura occidental ha sido tal que trasciende lo limitado de su etimología, y así, entendemos por “Chamanismo” el rescate de todo Saber Ancestral.

Hemos sido formados en la Mexicayotl, o Toltecayotl, quizás traducible como “Toltequidad”, originalmente en los kalpullis “Ahuacatitlán” de Cuernavaca, y “Koakalko” de Teotihuacan. También, y en menor medida, en el pensamiento Inkaico. Pero el andar estos caminos nos ha llevado a manifestarnos como independientes, toda vez que sin renunciar a los orígenes debimos también conocer (y aceptar) muchas mezquindades del alma humana, fundamentalismos y extremismos.

Creemos que la pertenencia a los pueblos originarios, hoy, trasciende las limitaciones sanguíneas y genéticas y son de hecho, confraternizaciones espirituales. No buscamos preponderar ninguna corriente, ni erigirnos en representantes de nada ni de nadie. Así, todo suma. Y creamos un espacio de unidad en la psicodiversidad. Aquí, en el seno de este incipiente Movimiento Chamánico, todos, todas las opiniones, todas las enseñanzas, nos merecemos un pie de igualdad. De los Mexicas del Anahuac a los Selknam fueguinos, de los Ainus japoneses a los Celtas galos, de los Sindhis hindúes a los Evenis de Siberia, entendemos un Chamanismo que los implica a todos, pues de todos aprenderemos.

Y también, en lo que a América respecta, buscamos participar de la recuperaciòn de la identidad y del respeto que a sí mismos se merecen los Pueblos Originarios, invariablemente postergados. Hacemos oficio de las enseñanzas del pasado, con la mirada puesta en el futuro. Y lucharemos y nos comprometeremos también con objetivos que juzgamos trascendentes, para poder, mañana, mirar a los ojos a nuestros hijos y decirles que seguramente, no hemos cambiado al mundo, pero cuando menos, lo hemos intentado.

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